jueves, 12 de julio de 2012

La gaviotas y el pan de molde


Carlos vio el mar por primera vez cuando tenía diecinueve años. Fue en Nerja, ese pueblo que dejó de ser un enclave turístico de tímida relevancia para convertirse en paisaje emocional de varias generaciones que vivieron con angustia el momento en que Antonio Ferrandis moría en la pequeña pantalla al son de unas sevillanas de corte melancólico y cierto aire marinero.
No llegó allí en plan turista, sino acompañando a un grupo de alumnos del internado en el que vivía. En realidad, había sido Carlos quien les vendió la idea de visitar aquel pueblo azul en que se había rodado la serie que tanto había impactado a los pequeños durante ese curso. Encontró la manera de cumplir un sueño largamente anhelado sin tener que pagar un dinero que no tenía, pero que sobraba con creces a aquellos muchachos. Y fue hermoso ver el mar en Nerja,  asomarse al Balcón de Europa y, en algunos rincones y calles, reconocer algunos de los escenarios naturales en los que transcurría la trama de la serie. Porque, todo hay que decirlo, Carlos también fue otro enamorado de las aventuras de aquellos chavales que disfrutaron el verano de su vida. A él le impactó especialmente el momento en el que Julia, la maestra, abandonaba el pueblo en un taxi con el rostro lleno de lágrimas mientras se escuchaba “El final del verano” del Dúo Dinámico. Ahí comprendió que la historia no tendría continuación porque, como él mismo se decía con diecinueve años, experiencias tan inolvidables sólo podían tener lugar una vez en la vida. Es curioso que se quedase en la retina con el personaje de la maestra: la que cargaba con la maleta de los valores y las enseñanzas universales, la que aportaba cordura y apostaba por la toma de conciencia ante las injusticias. Siempre habrá que agradecerle a Mercero aquellos momentos televisivos, aquel silbido musical que volaba junto a las bicicletas con el Mediterráneo de fondo. ¿Algo cursi quizás? ¿Mucho, tal vez? Qué más da. Aún hoy, emociona. Y lo hace porque es puro entretenimiento.
Esta tarde, Carlos cogió su coche y se acercó a otro mar. A una playa inacabable guardada por verdes pinares. Desde allí se contempla un voluminoso océano tintado de un azul más oscuro e intenso que aquel mar turquesa que vio hace tantos años. Se sentó en una silla mientras sus sobrinos jugaban en la orilla a enterrarse bajo capas de húmeda arena. Pertrechado bajo unas gafas de sol, observó un enorme cuadro costumbrista en el que no faltaban unos jóvenes emulando a los futbolistas del momento y una pareja de ancianos sentados bajo una discreta sombrilla, cuya mirada, quieta y serena, traspasaba la línea del horizonte. No dejaban de pasar aquellos que aprovechan para caminar sobre la fresca espuma que las olas dejan una y otra vez reposar en el borde que separa el agua de la tierra. Dos chicas animaban a una tercera a remojarse, intentando, con sus chillonas voces, llamar la atención de los espontáneos del balompié. Un matrimonio discutía si meter a su pequeño bebé en un mar que se embravecía por momentos. Y mientras el viento arreciaba y las toallas hacían amago de echar a volar, en el oído de Carlos sonaba machaconamente la melodía de Amarcord. Y es que este hombre veía aquel paisaje humano desde la perspectiva de un tiempo que ni siquiera él había vivido. Tan confundido estaba entre los fotogramas de esa película tan hermosa y la realidad que empujaba a las olas hasta sus pies que, en un momento determinado, le pareció ver a un joven levantar su brazo frente al sol que ya caía sobre el agua, y la melodía que escuchaba se fue perdiendo para dar paso a las notas de una sinfonía que, sin duda, Mahler habría compuesto para Muerte en Venecia. Ah, el cine.
Cuando se marchaba, dirigió su mirada a sus sobrinos que  iban dejando las migas sobrantes del bocadillo para que las comieran las gaviotas. Aves que eran las verdaderas dueñas de aquella playa, prestada aquella tarde para que el resto de los mortales soñáramos con un paraíso que nunca lograremos disfrutar.

PD. Gracias a los que cada vez que he abierto el blog aparecéis como seguidores. Gracias a los que lo habéis leído, a los que lo habéis recomendado, un millón de gracias por vuestro interés. No oculto que me hubiese gustado llegar a más gente, pero no soy tan iluso. Hay miles de blogs, y muchos con una temática más atractiva que la que yo ofrezco. Por eso, por vuestra fidelidad, un enorme abrazo. Descansad, disfrutad. Buen verano y hasta siempre.
Manuel Gomar

martes, 19 de junio de 2012

Penúltima parada


El viernes, mientras cruzaba Andalucía casi de un extremo a otro para ver a mi madre, a ese pueblo entre montañas, pensé que debía terminar de contarles el final de lo narrado en la entrada anterior. Pero, mientras veía tras el cristal de mi ventanilla las enigmáticas aguas del Tinto, las alargadas sombras de los eucaliptos, la inacabada y polémica torre Pelli, los campos de trigo y cebada y, por último, el comienzo de un sinfín de olivos, decidí que escribiría sobre otro asunto.
La semana pasada, cuando esperaba el seis para ir al instituto lo vi llegar a la parada del autobús. Vaquero desgastado y ajustado de rodilla para abajo, camiseta informal ancha, dos zarcillos en la oreja izquierda y uno en la derecha y auriculares conectados a un ipod. Me saludó amablemente y entonces reconocí su rostro. Alguna vez lo había visto por los pasillos, o tal vez en clase cuando había ido a echar una regañina al grupo.
Subimos al autobús y, algo forzadamente, nos sentamos juntos. Le pregunté en qué curso de primero estaba y se quitó uno de los auriculares para contestarme. Es curioso, me dije, cómo había podido entender mi pregunta a la vez que escuchaba música. Pero esa generación está tan acostumbrada a manejar cualquier chisme electrónico mientras atiende otras cuestiones que mi asombro no tenía razón de ser en realidad.
No es que tuviese obligación de mantener una conversación con aquel alumno, ni por supuesto él conmigo. Además, las ocho de la mañana no es el momento del día más idóneo para charlar de casi nada. Sin embargo, mi forma de ser, el modo en que me criaron, me impulsa a intervenir en situaciones que considero que pueden ser algo tensas u otras en las que creo que mi comportamiento no es el correcto. Si creen que esto es un rasgo positivo en mi personalidad, se equivocan. La mayor parte de las veces, sólo me ha causado problemas.
A la segunda o tercera pregunta ya me estaba haciendo un resumen de su vida. Y la tercera pregunta era una pregunta de cortesía para saber si se había sentido cómodo en el instituto después de haber pasado años en un colegio de Primaria donde, generalmente, se está más encima de los alumnos, se les arropa, se les atiende más individualmente.
Lo cierto es que Pablo había pasado por varios colegios. Y por varias ciudades, domicilios, amistades… Su padre le abandonó, al igual que a su madre, cuando él era muy pequeño. La mujer había tenido varios novios. Algunos fueron amables con Pablo y otros, no. Tampoco lo fueron con su madre, a la que le pegaban hasta que ésta finalmente decidía poner fin a esas relaciones. En ese momento, se encontraba en el hospital aquejada de una crisis de la enfermedad crónica que padecía. El año próximo pensaba irse a otro instituto, pues encontraba que el nivel que se exige en el nuestro es elevado para los conocimientos que traía debido, entre otras razones, a ese continuo devenir en tan corta vida. Al menos, me dijo, el novio actual de su madre era una buena persona que incluso quería casarse con ella.
Me contó todo esto como quien te cuenta el argumento de una película que ha visto recientemente y que no le ha gustado especialmente. Lo hizo de corrido, como quien ya ha tenido que contar esa historia muchas veces, sin intentar buscar mi empatía, ni siquiera mi comprensión. Pero siempre utilizando un tono de voz educado, agradable. Luego se colocó el auricular dentro del oído y dio por finalizada la conversación.
Por mi parte, me dediqué a mirar tras el cristal y a contemplar cómo otros niños y otros adolescentes se dirigían a sus colegios. Algunos iban acompañados por sus padres; otros, en grupo. Unos vestían uniforme y otros, como les daba la gana. A algunos era fácil adivinarles su procedencia social y económica. Chicos de vida cómoda, tan llenos de todo y tan vacíos por dentro. Y a otros se les adivinaba sus ansias por disfrutar de esa comodidad, aunque el precio fuera la nada interior. Qué más da. Esa nada ya se había apoderado de ellos.
Y lo peor fue que, al bajarnos del autobús y andar cien metros juntos hasta llegar a las puertas del centro, comencé a olvidar la historia que ese chico me había contado, pues también era una historia muchas veces oída. Fue al entrar al despacho de Dirección, mirar la fotografía que tengo en mi mesa, darme con el puño de la mano cerrado en la cabeza y preguntarme: ¿te estás perdiendo en el camino?
A propósito, en mi mesa tengo la fotografía que me hice junto a mi grupo de Diversificación hace dos años, justo antes de que se fueran del instituto. Allí están “21 centímetros”, Erik, “el patata”, mi Belén, Manolo, “el chapi”…. y un servidor.

martes, 29 de mayo de 2012

Como la harina que espesa el bizcocho


Un colega charlaba con la directora de un instituto cercano al suyo en la puerta de un restaurante mientras ésta le daba unas caladas a un cigarrillo. Se habían encontrado por casualidad. Él realizaba su caminata diaria cuando ella lo vio y le salió al paso.
Después de un breve saludo, de unas cuantas preguntas de cortesía y de los típicos comentarios sobre la situación por la que atravesaban los centros en ese momento, acabaron por hacer lo que realmente más les gusta a los directores de centros escolares: lamentarse de su propia situación y de la incomprensión que sufren tanto en su ámbito de trabajo como fuera de él. Fueron, pues, unos minutos de merecida catarsis. Sin embargo, para ilustrar esos latigazos de frustración, él hizo alusión a dos casos en los que había intervenido recientemente, recalcando el hecho de que en ambos había ido más lejos de lo que sus atribuciones le exigían, algo que le había producido pesar y una cierta sensación de inseguridad, por no señalar que ese “ir más allá” se repetía más a menudo de lo que él quisiera, aunque algunas veces fuese resultado de una decisión propia.
El primer caso llegó a sus oídos a través de una profesora que un día vio como una alumna del centro era zarandeada e insultada de forma bastante agresiva por un joven que parecía ser su novio. Este incidente ocurrió fuera del instituto, muy cerca de la puerta de entrada. La orientadora, que también había sido informada por esta compañera, le propuso al director que se reuniesen con la alumna para recabar más información antes de tomar decisión alguna, tal y como aconsejaba el protocolo. Cuando tuvieron delante a la alumna, una chica de no más de quince años, tímida y bastante asustada por verse en el despacho del director, fue la orientadora la que comenzó a preguntar, de forma educada, usando un tono de voz suave, cercano, casi familiar. El director, mientras tanto, analizaba las respuestas de la alumna, su expresión, su miedo a contestar ciertas cuestiones.
Cuando la alumna se marchó del despacho, la orientadora y el director tenían claro que existía un problema que había que abordar, aunque el primer escollo que se encontraron fue que “el novio”, que tenía veinte años, no era alumno del instituto. Resultaba a priori difícil obtener otra versión que no fuera la de la profesora, a la cual la adolescente negaba veracidad.
Entonces el director volvió a llamar a la alumna y, con más coacción que convicción, consiguió sacarle el nombre del centro donde estudiaba el joven, así como su número de teléfono móvil. Quince minutos después de hablar con él, éste ya estaba sentado frente a la orientadora, al director y a la alumna con la que mantenía relación. Que la chica estuviese presente fue la única condición que el joven había puesto para acudir al instituto.
Después de la conversación, el director decidió poner en conocimiento de la madre de la menor todo lo acontecido durante la mañana, permitiendo que la alumna y su “amigo” estuviesen presentes cuando la madre fuera informada. Eso fue lo que ocurrió cuando la mujer vino a recoger a su hija a las tres de la tarde. Luego, el director cogió su coche y se marchó a casa.
Hasta aquí, el frío relato de unos hechos, pero ¿qué omitió ese hombre a su colega mientras le narraba este episodio? Parece obvio que se guardó para sí todas las emociones, sensaciones e impresiones que vivió hasta que la alumna se marchó en el coche de su madre, y su “novio”, en la moto que había aparcado precisamente junto a su automóvil. A saber, el sollozo contenido de la chica mientras negaba que sufriese maltrato alguno, su miedo a que el director pusiera en conocimiento de la policía lo que la profesora había visto, supuestamente, claro; su ansiedad mientras hablaba por teléfono con el otro protagonista en liza; cómo lo miraba en el despacho. Unos ojos que transmitían una sutil sumisión a la vez que el candor de una adolescente enamorada; la seguridad de las respuestas del joven, su sonrisa rápida, sus ganas de agradar, que contrastaban con un gesto tenso y un discurso nada espontáneo. Su dominio de la situación.
¿Qué más no dijo aquel director? Pues que había sentido cierto miedo de lo que podría ocurrirle al exponerse demasiado sin conocer a todos los actores de la historia. Al fin y al cabo, ¿cómo saber la reacción que aquel chico tendría cuando le dijera que podría haber maltratado a su alumna? Su decepción ante la respuesta materna, que se limitó a restar importancia al asunto, no dejando resquicio a cualquier duda, agradeciendo la intervención del centro al mismo tiempo que implícitamente dejaba claro que cualquier decisión posterior sobre aquel asunto no incumbía a nadie más que a ella. En fin, mascullando, mientras se despedía, que aquello no era más que una rabieta de dos chiquillos.
Por último, el director no necesitó contarle a su colega que en todo momento sintió que actuaba como debía hacerlo, que había llegado hasta donde se le había permitido. Tampoco le dijo que aquella tarde estuvo pensando en su sobrina María, en el día que nació, en los momentos que intentaba que durmiera la siesta. Recordó cuando la llevaba a la plaza del pueblo a montar en el asiento trasero de la bicicleta de algún niño, el día que se enteró de que le gustaba un compañero del instituto, el día de su graduación en la universidad. En realidad, no comentó que esos pensamientos habían comenzado desde el mismo momento en que tuvo a aquella alumna sentada en una silla junto a él a primera hora de la mañana.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Anoche



Anoche, frente al espejo del cuarto de baño, mientras preparaba la pasta dentífrica para limpiarme los dientes, me dediqué a poner caras. Cara de de alguien interesante, arqueando la ceja derecha, pues no logro hacerlo con la izquierda; cara grave, como el que tiene que comunicar una noticia trágica; cara de ausencia, de alguien que emocionalmente está lejos de allí en ese momento. Intenté fingir la sonrisa que esbozaría un individuo que se cree superior al que tiene enfrente, pero pretende no ofender a su interlocutor de forma manifiesta. Por último, intenté poner la cara de alguien que vive un gran momento de felicidad.
Sin embargo, en casi ninguna de esas caras me vi creíble. O soy muy mal actor o demasiado exigente. Al final me incliné por una tercera opción más plausible y sencilla: no era el momento adecuado. Estaba cansado de una jornada de trabajo larga y calurosa y tenía sueño. No estaba alerta, como suelo estar durante el día.
¡Ay, cuando estoy en guardia! En una mañana en el instituto, puedo pasar de fingir que soy el monstruo que se zampa niños durante el desayuno, al compañero al que cierta incapacidad intelectual le impide distinguir un halago bienintencionado de un hiriente sarcasmo; me muevo entre la cara de póker ante unos padres que me quieren hacer ver las horas de esfuerzo que su hijo dedica al estudio a pesar de tener siete suspensos y la del burócrata aburrido que da instrucciones, siempre con corrección, a los administrativos o los conserjes. De mostrar un rostro algo desencajado cuando aprecio verdadero dolor en alguna madre que no sabe de qué recursos valerse para detener el rumbo que su hijo ha iniciado en un viaje “a ninguna parte”, a la sonrisa franca que te provoca el que un mico que no mide más de un metro cincuenta te llame señor director, aunque sepas que es para evitar una sanción.
¿Cuántas de esas expresiones reflejan un sentimiento no fingido? ¿Cuántas de ellas son herramientas de trabajo, máscaras gastadas de un actor de función diaria?
Hoy, al llegar a casa a las tres y media, mientras me lavaba las manos antes de almorzar, me he mirado al espejo de forma instintiva, tal vez recordando lo que había hecho la noche anterior. Entonces, he visto a alguien que pronto dejará de utilizar la cuarta decena para decir su edad, que lleva enseñando lo suficiente como para que sean los hijos de sus antiguos alumnos los que ahora ocupen el lugar que ellos dejaron. He visto los restos de mil caretas impregnados en cada surco de cada arruga. Pero son restos tan pequeños que apenas se aprecian. El grueso de esas máscaras se ha ido desmoronando, liberando unas facciones desgastadas pero cada vez más limpias. Y es que cada día necesito menos estar en guardia. Cada día me permito un poco más ser lo que pienso que soy.
Por eso, he cambiado el perfil de este blog. Mi nombre es Manuel y mi apellido, la combinación de los que me dieron mis padres. Así es como quiero que me conozcan. Por mi nombre y por las historias que les cuento. Ah, y si creen que alguien más podría querer conocer esas historias, no duden en presentarme. Para mí será un placer.

viernes, 4 de mayo de 2012

Una noche sin pijama


Justo unos días después de cumplir trece años, mi amigo Paco y yo decidimos que una noche nos escaparíamos de casa de madrugada e iríamos a robarle las cerezas a Don Antonio, uno de los maestros del pueblo. Don Antonio era entonces un hombre mayor al que los niños del colegio le teníamos bastante respeto, pues no se andaba con rodeos a la hora de castigar cualquier falta de respeto o de atención en sus clases. De hecho, algunos compañeros y yo tuvimos un primer aviso de lo que nos esperaba cuando, tres años antes, estando en quinto curso de EGB, nos lanzó a la cabeza, desde la pizarra, la palmeta de madera que solía llevar al aula. Ya fuera por su falta de puntería o por la rapidez de reflejos que mostró mi compañero, el caso es que aquel incidente terminó con el cristal de la ventana hecho añicos y el calzoncillo de alguno de nosotros tan húmedo como la camiseta de un ciclista tras subir un puerto de montaña.
No siempre tenía Don Antonio ese mal temperamento. En mis recuerdos, siempre selectivos y a veces imprecisos, lo veo como un hombre bonachón, alto y fuerte, un buen maestro que repetía y repetía una explicación hasta que se aseguraba de que la habíamos comprendido. En el último curso, le tocó enseñarnos lo que ahora se llama Conocimiento del Medio. En realidad, eran conceptos de Biología, Física y Química. Estábamos en aquellos días estudiando la tabla de los elementos químicos, cuando a alguien de la clase (juro que no recuerdo si fui yo) se le ocurrió traer unas bombas de peste y hacerlas estallar en el suelo del aula justo unos segundos antes de que él entrara. Menudo cabreo se cogió aquel hombre. Su rostro desprendía tanto calor como las ascuas de unos troncos de olivo que terminasen de arder y su frente, amplia debido al poco cabello que le quedaba, se tornó más roja que el carmín de los labios que exhibía doña Purita. Entonces cogió al alumno que él creyó responsable de aquella trastada y lo levantó del suelo más de un palmo. Mientras lo sujetaba con un solo brazo, con la mano izquierda le dio dos guantazos que dejaron al pobre chaval sumido en un mar de lágrimas y desconsuelo. Por eso, había que humillar a aquel gigante y dejarle el guindo más pelado que su cráneo.
Llegó la noche en la que debíamos llevar a cabo nuestra venganza. No acompaño dicho vocablo del consabido “dulce”, pues quedaría bastante obvio si les digo que no pensábamos deshacernos de las cerezas y arrojarlas en cualquier sitio. Todo lo contrario. Más bien, pensábamos darnos un atracón de esos deliciosos frutos rojos, pues no en vano, en aquella época, una de las aficiones favoritas de los chiquillos de nuestra edad era robar fruta cuando llegaba el verano. Incluso en una ocasión, pasamos una tarde en el cuartel de la Guardia Civil tras pillarnos mi vecino Lucas con varios de sus melones y sandías recién arrancados de las matas flotando en su alberca para que estuviesen fresquitos a la hora de hincarles el diente. También recuerdo a nuestros padres llegando al cuartel uno tras otro, y después de saludar como era debido en aquel lugar, sin mediar palabra alguna, darnos el correspondiente bofetón antes de preguntar lo que había ocurrido. Debo añadir que esa no fue la última vez que nos zampamos un melón de la vega de Lucas, ni la última sandía.
Pues bien, al dar las dos en el reloj del ayuntamiento, me levanté sin hacer ruido y, como me había acostado vestido, al momento estaba abriendo la puerta del balcón del dormitorio. Comprobé que no había nadie en la calle en ese instante y me deslicé con sigilo hasta la ventana exterior del cuarto de estar. De ahí, salté a la acera. Me resultó extraño no encontrarme con algún alguacil durante mi camino a la casa de Paquito, que era como todos lo llamábamos. Fue al llegar a su calle, cuando me topé con la primera dificultad. Los vecinos que vivían enfrente solían echar unos colchones en la calle cuando el calor apretaba en verano. Y allí estaba toda la familia, en aquella pequeña y empinada calle de la parte alta del pueblo, durmiendo literalmente bajo las estrellas, acompañados por los ronquidos que el matrimonio emitía de manera nada acompasada sin que ello supusiera un inconveniente para el profundo sueño del resto del grupo. Sorteé como pude ese puzle de colchones y llegué hasta la casa de mi amigo. Su dormitorio tenía una ventana a la altura de la puerta principal, por lo que no me costó trabajo llegar con mi mano hasta la misma. De acuerdo a la contraseña que habíamos planeado, di tres golpes en el marco para llamar su atención. Esperé su respuesta durante algunos segundosy, ante la ausencia de la misma, volví a golpear otras tres veces con un poco más de contundencia. Quien respondió fue su abuela, con la que Paquito compartía alcoba para que la anciana se sintiera acompañada y segura durante la noche. Cuando le dije que era yo, tardó unos segundos no sólo en recriminar mi conducta, sino que me envió a casa de nuevo bajo amenaza de darme un buen bastonazo y poner en conocimiento de mis padres aquella travesura. Cuando me batía en retirada, alcancé a oír la voz de Paquito emitiendo algo parecido a una disculpa mientrassu abuela le advertía que el bastón podía ir antes a su cabeza que a la mía. Aun así, mi experiencia nocturna pudo acabar peor cuando, al pasar junto al jergón del matrimonio roncador, tropecé y casi me caigo encima de la mujer. Menos mal que apenas llegué a rozarla. No quiero ni imaginar lo que habría ocurrido de haberse despertado el marido en aquel instante.
Llegué a mi casa, escalé de nuevo hasta el balcón de mi dormitorio y me acosté sin desvestirme. Antes de que me venciera el sueño, pensé en la inutilidad de aquel esfuerzo, en lo ridículo de mi escapada, en el triste final de lo que había imaginado como una gran aventura. Sin embargo, cuando hoy escucho hablar a mis alumnos sobre cómo pasan su tiempo, a esos que tienen ahora la edad que yo tenía cuando esto ocurrió, no puedo evitar añorar aquellas andanzas, aquellos pequeños episodios que llenaron mi infancia y parte de mi pubertad.
Esa aventura no transcurrió como Paco y yo imaginamos, pero fue nuestra imaginación la que la hizo posible…aunque nunca tuviese un final tan dulce como el gusto que deja una cereza roja que se deshace en la boca de un adolescente.

jueves, 26 de abril de 2012

Wert, Montoro y asociados


A Angélica le dije que no había perdido su tiempo en absoluto. ¿Qué le iba a decir? Pues que las horas que ha pasado estudiando temas (que fueron unos cuando comenzó su preparación y, luego, otros cuando el señor Wert no los consideró adecuados), machacando cuestiones de carácter práctico, perfeccionando su programación de aula y mejorando las unidades didácticas de dicha programación, no han sido en vano. Que esta segunda vez, que no ha sido en realidad más que una farsa, es sólo eso, y que a la tercera va la vencida. Que la ilusión y el esfuerzo tienen al final su recompensa. ¿Qué le iba a decir?
Y lo mismo le repetí a Mª Ángeles, que con angustia me expresaba su miedo e incertidumbre ante ese negro futuro que se le avecina. Y después, me empleé en animar el alicaído estado de ánimo de mi amiga Carmen, interina por méritos propios (y magnífica profesora), repitiendo la misma cantinela y tratando de encontrar alguna expresión afortunada que le diese un poco de esperanza.
Pero esa jornada particular continuó. ¿Qué decirle a tu hermana cuando se entera de sopetón de que su hija mayor se queda sin oposiciones y a la pequeña le suben las tasas de matriculación 500 euros? ¿Cómo confortarla si sabes de sus horas de sacrificio y las de su marido para darle a su hijas la oportunidad que ellos no tuvieron? ¿De qué más se tendrán que privar para que llegue el momento en que las vean valerse por sí mismas? ¿Cuándo llegará ese momento?
Al final del día hablé con mi madre, como hago a diario. La pobre mujer, con su demencia senil, confunde a Pedro Piqueras con Rajoy, de tal forma que piensa que algunas de las medidas que el nuevo gobierno está tomando son decisión del primero, pues, en su lógica, es él quien las decide pues es él quien las anuncia. Y aunque me afano noche tras noche en aclararle la diferencia entre ambos, la mujer le ha tomado tanta tirria al pobre Piqueras que no sé cómo no se pasa el noticiario rascándose la oreja.
Cuando me fui a la cama, me dolía la cabeza. Antes de dormir, lo cual me costó bastante, pensé que de alguna manera todos estos ataques a jóvenes y mayores (no olvido al resto) deberían tener una clara respuesta, y ya me estaba regodeando en alguna cuando me acordé del ministro de Interior y me dije: Cuidado. Cuidado con lo que dices o escribes, que a lo mejor con la nueva ley que este señor planea, te pasas dos años en la cárcel por incitación a la violencia.
Por eso, si alguno de ustedes está muy indignado, pero que muy indignado, no piense en echarse a la calle a gritar como un poseso o algo peor. Vaya y contrate un bufete de abogados del estilo del que nombro en el título de esta entrada. Lo mismo hasta consigue un puesto de trabajo en algún despacho… en la sección de “embargos y desahucios”, por ejemplo.

martes, 17 de abril de 2012

El amor está en las aulas


Mi estado de ánimo me impulsa a escribir sobre algunas de las experiencias un tanto dolorosas y frustrantes que he vivido en las últimas semanas. Quisiera contar con su complicidad para poder lamentarme, para que entendieran por qué en estos días vuelvo una y otra vez sobre mis últimos veinte años y me veo como el autor de una novela que, una vez en las librerías, intentara hacer desaparecer todos los ejemplares a la venta para reescribir aquellas páginas que podrían ser manifiestamente mejorables, o como el director de cine que no supo o no pudo decidir sobre el montaje final de su película.
Sin embargo, el enorme cartel que cuelga de la fachada del hipermercado que hay frente a mi casa me indica que ya es primavera en el Corte Inglés. Y me siento ante el ordenador pensando que ustedes, en estos convulsos y oscuros tiempos en que vivimos, no merecen más dosis de angustia y pesimismo. Así que echo mano de aquella canción de Nat King Cole titulada L.O.V.E. y me pongo algo tierno, y es entonces cuando viene a mi memoria una breve pero intensa relación amorosa que dos compañeros de trabajo mantuvieron hace unos años en mi centro sin que prácticamente nadie se percatara de la misma. Porque el amor, especialmente en esta estación del año, está en todas partes, incluso en las aburridas salas de profesores que hay en cada escuela o instituto.
Fue una historia que los protagonistas llevaron con absoluta discreción, entre otras cosas porque él estaba casado y ella acababa de comenzar una relación con alguien al que había conocido poco tiempo atrás. ¿Cómo supe yo de este enamoramiento, si muchos días no puedo ni tomarme una manzanilla en la cafetería? Es sencillo. En todas las empresas, públicas o privadas, hay un Sauron, un ojo que todo lo ve. Y ese ojo, en mi centro, tiene una lengua que, imitando la hiperactividad del globo ocular, todo lo casca. Una vez que supe, a través de Sauron, lo que acontecía entre mis compañeros, le advertí de forma tajante que esa lengua tan vivaracha y locuaz debía permanecer muda, so pena de que se la cortase de un tajo con la navaja barbera que heredé de mi padre.
Pero, en el fondo, debo confesarlo, también a mí me daban ganas de coger al primero que se me cruzaba en el pasillo y ponerlo al corriente de lo que estaba pasando. Me moría de las ganas de contarlo. Somos puro morbo, qué le vamos a hacer.
Ella era una profesora cumplidora que, durante los dos o tres cursos que estuvo en el centro, mantuvo una relación afable con todo el mundo. Él faltaba al trabajo alguna vez que otra, justificando dichas ausencias por enfermedad, bien de algún miembro de su familia, bien de él mismo. Sauron, siempre atento, empezó a notar que dichas ausencias coincidían a menudo con la finalización de la jornada escolar de ella. Incluso comprobó cómo ambos salieron del centro, por separado claro está, una mañana de miércoles en la que ella tenía dos huecos en su horario. Ese día, él dijo encontrarse mal, con ganas de vomitar. Será un virus, comentó, antes de comunicar al jefe de Estudios que se marchaba a casa. A Sauron le faltó tiempo para ir a buscarme y, esbozando la sonrisa que pondría un niño pequeño que ha pillado a su hermana adolescente besando a su noviete y que cree desde ese momento que en adelante será ella quien realice sus tareas de casa, suspirar levemente y decir: Qué rico pegarse un camazo a estas horas, en mitad de la semana. Qué suerte tiene este tío.
Luego salieron a relucir los diferentes puntos de vista desde los que ambos veíamos la situación. A mí me parecía que no estaban haciendo lo correcto. Los dos tenían un compromiso con otras personas. En el caso de él, su compromiso era aún más firme. ¿Qué ocurriría si de repente todo se supiese y llegara a oídos de su mujer? A mi compañera la disculpaba más porque, al fin y al cabo, estaba soltera. ¿Que estaba saliendo con otro? Bueno, de eso sabíamos poco y, por lo que ella había comentado a algún compañero, el cual tampoco tardó mucho tiempo en repetirlo a otros colegas más, lo suyo no era sino un tonteo (ya saben, en este aspecto, muchos adultos no hemos superado la tierna adolescencia, de modo que si en una reunión nos tomamos alguna que otra copa, acabamos jugando a eso de “verdad o atrevimiento”, con tal de que el cotilleo que se produce a continuación no le parezca a nadie un acto de mal gusto). Sin embargo, Sauron celebraba la osadía de los amantes y mostraba sin pudor su envidia por no tener la oportunidad de hacer lo mismo. ¿Tú crees que la mujer de éste es tonta?, me preguntaba de forma retórica. Ojos que no ven…ya sabes. De todas formas, ¿qué más da? Si los vieras por la calle, joder, si parecen el matrimonio de Cuéntame. A estos les tendría que caer un rayo en medio para que se separaran, o terminar de pagar la hipoteca, que es lo que de verdad desata ataduras en esta vida que nos ha tocado vivir. Lo cierto es que si alguien nos hubiese visto discutir sobre el tema en cuestión, hubiese pensado que también nosotros formábamos parte del elenco de la serie antes mencionada, en calidad de vecinos metijones al calor de un carajillo en la barra de un bar.
Después de aquel día, decidí que no volvería a mencionar el asunto con el “Señor Oscuro”, ni con nadie, por supuesto. Me sentía mal cada vez que lo hacíamos. ¿Y si no era verdad?, me preguntaba. Y aunque lo fuese, ¿qué me importaba a mí lo que dos personas, de forma libre, hiciesen con sus vidas? Tengo que admitir que al prestarles más atención de la debida, especialmente cuando ambos se hallaban en el mismo espacio, me parecía observar alguna mirada furtiva entre ellos, o el esbozo de una leve sonrisa que no iba dirigida precisamente hacia el que les estaba dando conversación en ese momento. Y entonces yo pensaba que probablemente alguno de los dos estaba recordando algún hermoso detalle de sus momentos juntos. Miraba a mí alrededor y tenía la impresión de que, con la pasión de su aventura furtiva, contagiaban el ambiente, y la gente parecía más feliz. Por los pasillos no veía otra cosa que alumnos y alumnas cogidos de la mano mostrándose ternura a través de gestos y palabras (y a algún alumno/alumno, alumna/alumna también, porque en este centro, en el que agradezco poder trabajar, eso ocurre de vez en cuando). Incluso la manzanilla que tan amablemente me sirve muchos días esa estupenda mujer que hay tras la barra de la cafetería del bar sabía a canela fresca.
Cuando a las tres salía del instituto y cogía el coche para ir a casa, en el momento de pasar por esos grandes almacenes con su enorme letrero, no podía evitar pensar que ya no sólo nos vendían ropa o alimentos, a la vez que un sin fin de abalorios inútiles, sino que dirigían nuestras emociones de una forma cada vez menos subliminal y más agresiva. Como me volvían a entrar remordimientos, aunque esa vez fuese por una causa diferente, le daba al play y escuchaba a Nat, lo cual siempre es emoción con denominación de origen y calidad superior.