lunes, 22 de agosto de 2011

Sally

B fue una compañera de Lengua y Literatura en un instituto de una barriada humilde en la que se habían instalado muchas familias de los pueblos de la provincia al calor de los puestos de trabajo que las empresas del Polo Industrial Químico ofrecían. Sólo compartimos centro un curso, pero guardo un extenso y preciso recuerdo de aquella relación. La vi de nuevo hace unos diez años durante un breve instante. Las circunstancias impidieron que disfrutásemos del tiempo necesario para sentarnos y verter sobre un Gin Tonic todos los hechos, rostros y fechas que vivímos en común y edulcorar los recuerdos si cabe aún más de lo que solemos hacerlo.
Una noche de aquel año, como tantas otras, vino a cenar a casa. Le encantaba que le preparase unas albóndigas al estilo de mi tierra: con pollo, jamón, tocino, perejil, la miga del pan “sentao”, casi todo picado no con una batidora, sino cortado en trocitos diminutos con unas tijeras, tal y como hacían mi madre y mi abuela. Era una labor costosa, pero la expresión que dejaba ver su rostro cuando las comía era un bálsamo milagroso para las durezas de los dedos, consecuencia evidente del uso de las dichosas tijeras. Antes de levantarme a traer el postre se puso muy seria y me dijo que había decidido ser mala. Bromeando le contesté que no sería capaz de repetirlo después de haber probado mi tiramisú. Sin embargo, comprendí que debía seguir sentado y escucharla. La mirada perdida de unos ojos que siempre me recordaban a los pasteles de coco rellenos de crema, el rictus amargo de una cara de piel suave y rolliza y la gravedad de su voz indicaban que mi compañera quería, qué digo, exigía que no moviese mi culo rechoncho del sofá. La verdad es que entonces los dos estábamos fuertecitos, que es la forma más amable que conozco de decir que nos sobraban kilos (en número de dos cifras) y grasa. A ver, si nos pasábamos todos los jueves pensando qué excusa poner para juntarnos a comer algún día del fin de semana, dentro o fuera, solos o acompañados. Además, éramos solteros, veníamos de otros lugares, los dos pasábamos por un momento jodido. ¿Qué podíamos hacer en una ciudad que aquel año no tenía ni una sala de cine donde olvidar nuestra pasión culinaria por pasiones ajenas: pasiones amorosas, aventureras, fatales? (Bueno, en realidad nos habríamos hartado de palomitas mientras una rubia letal palpaba los penes de Robert de Niro y sus colegas en Érase una vez en América).
Me dijo que había decidido ser mala. Eso lo podía comprender pues B era una de esas personas bonachonas de las que casi todo el mundo se aprovecha. En fin, daba todo el perfil: gorda que parece feliz, buena persona, risa contagiosa, fácil de contentar, generosa. Pensé que estaba hasta los ovarios de que los alumnos no fuesen capaces de apreciar un poquito las ganas que le echaba a un texto de Quevedo, de Rosalía de Castro o de Lorca. Que estaba cansada de hacer las guardias sola mientras su compañero buscaba cualquier pretexto para largarse a la cafetería y pegar la hebra con la encargada que, por cierto, era una cotilla de casa de planta baja y silla perenne en verano (y en otoño si no refrescaba mucho). Pero lo que me hundió fue que me dijo que quería ser mala de telenovela. Mujer, le contesté, tú tienes las mismas opciones de ser eso que yo de ser el galán de un culebrón norteamericano. Vamos, ni tú puedes ser la Lupita Ferrer de Cristal ni yo Lorenzo Lamas en Falcon Crest. ¿No ves que todos los malos son flacos? A las malas se les marcan los pómulos muchísimo y a los malos la nuez. Piensa y dime si es mentira. Y ahora mírate y mírame. Pero si cuando me veo en el espejo no distingo lo que separa mi cabeza de mi tronco. ¿Me imaginas de poseído, girando descontroladamente el cuello? Por eso el demonio a los gordos nos deja más tranquilos.
Entonces se echó a reír, a reír con esa maravillosa risa que sale desde las tripas y suena cantarina mientras contagia a quienes la escuchan. Menos mal, porque ya no me quedaban muchos argumentos para alegrar la velada (bueno, estaba el tiramisú aguardando en el frigorífico). Cuando terminamos aquella larga carcajada se puso seria de nuevo, y de nuevo se le fue la mirada. ¿Por dónde saldrá ahora?, pensé. Bien, si no puedo se mala, voy a ser una frívola, una tía que sólo se quiera a sí misma, que le importen los demás un pimiento, que use a los hombres como caramelos de menta, sentenció. Y añadió con una ingenuidad deliciosa: para eso no importan los kilos, ¿verdad? No, querida, respondí, sólo tienes que ser menos inteligente de lo que eres o tonta de remate, si el grado de egoísmo al que aspiras es total. ¿Sabes qué?, voy a por el postre de una vez y nos ponemos Cabaret.
Mientras venía de la cocina comentó: tú sí que sabes encontrarle el punto a una chica. Le pones el dulce en la boca y a Sally Bowles en la retina y el oído. Así me va, respondí. Luego, repartí el famoso postre italiano en unos preciosos platos de porcelana ubetense y decoré las porciones con una hojita de albahaca y  un hilo de crema de frambuesa. La achuché contra mí mientras le decía: sofisticados, ¿no?

A mi amiga Pilar, también profe de Lengua y Literatura Castellana, una de las personas más buenas y coherentes que conozco.

sábado, 23 de julio de 2011

Al sur de Géminis




Estaba tomando una infusión en una cafetería que hay en una pequeña plaza del centro de la ciudad. Una plaza acogedora y fresca en verano, pues la sombra de los palisandros que circundan ese lugar proporciona un confortable bienestar a quien se sienta a descansar en un banco o a tomar algo en las terrazas cuando comienza a anochecer.
Me llamó la atención con la mano de forma poco convincente. En realidad no sabía si se trataba de una invitación a sentarme con él o de un simple saludo. Decidí acercarme y averiguar si quería compartir un rato conmigo. Apenas sin mediar palabra me señaló la silla que había libre a su lado y cogiendo mi brazo con delicadeza me atrajo hasta su lado mientras tomaba asiento, algo que agradecí, ya que llevaba caminando más de una hora y estaba cansado y sediento. Entonces vi tanta tristeza en su rostro que me acojoné. Siempre me ha dado miedo ver a alguien tan desoldado como estaba él aquella tarde. Quizás porque tengo la manía de meterme donde no me llaman y acabo diciendo o haciendo algo de lo que, a veces, acabo arrepintiéndome.
Él es también director de un instituto. Al poco tiempo de conocerlo, en una conversación en la que participaba alguien que parecía saber bastante sobre el tema de la astrología, pregunté con cierta curiosidad por el origen del signo de Géminis y observé que él también parecía interesado. Una vez oída la explicación y comprobando que los dos habíamos nacido casi en la misma fecha, de forma un tanto cómplice, comenzamos a llamarnos el uno al otro Cástor y Pólux (Pollux para los griegos), los gemelos que, de origen terrenal el primero, y espiritual el segundo, representan a ese signo según la mitología. Al principio yo era Cástor y él Pólux. Más tarde, y a tenor de las circunstancias en las que nos encontrásemos, intercambiábamos los nombres.
Al cabo de unos minutos y de algunos comentarios propios de dos personas que se dedican profesionalmente a lo mismo, no tuve más remedio que preguntarle si le ocurría algo. Lo sé. ¿Por qué lo hice? ¿Acaso no es más delicado esperar a que el otro quiera compartir contigo lo que desee y cuando lo desee?  Sin embargo, no tardó un segundo en contestarme. Y aquello no fue un diálogo, sino un monólogo. Una cascada de granos de arroz sobre una paellera oxidada.
Estoy mal. Apenas duermo unas horas cada noche y cuando me levanto por la mañana, lo primero que siento es un vacío en el estómago que me llena de desesperación. Contradictorio, ¿no? Un vacío no llena nada. Quizás no me expreso adecuadamente. Es como uno de esos agujeros negros que llenan el universo cargados de materia extraña y convulsa. Un agujero que lo engulle todo: la tranquilidad, las expectativas, la energía. Intento razonar. Me digo que estoy agotado, que ha sido un curso duro, de mucho trabajo y responsabilidad. Claro que si se me ocurre comentarlo con algún compañero o con los amigos, inmediatamente me salen con lo de “para eso ganas más”. Probablemente ni siquiera saben cuánto más gano con la Dirección. A lo mejor si lo supiesen se ahorrarían el comentario. Me cabrea ese comentario. ¿Por qué en bastantes comunidades el setenta y cinco por ciento de los directores están nombrados sin haberse lógicamente presentado voluntariamente al puesto? Si la compensación económica fuese tan atractiva, y viviendo en un momento de crisis tan grande, ¿no habría muchos candidatos para ocupar ese cargo? Ese comentario contiene en sí una carga despectiva que lo hace hiriente y es un menosprecio al componente vocacional y de servicio a la comunidad que, al menos, algunos de nosotros tenemos. Y en cuanto a otras lindezas del tipo "es que os gusta el poder". Por favor. No somos concejales, alcaldes, diputados, miembros del tribunal supremo, jefes de personal de una empresa importante o una gran fábrica, líderes sindicales, inspectores de hacienda, cirujanos jefes. No ostentamos poder alguno, aunque cuatro nostálgicos de no sé qué tiempos pasados se empeñen en mantener lo contrario. Por encima de nosotros está cualquier jefe de servicio de cualquier sección de la delegación provincial, inspectores, delegados...a veces, incluso cualquier funcionario de educación que ni siquiera tiene tu misma categoría laboral. Rendimos cuentas, o lo que es lo mismo, rellenamos informes para cualquiera que nos lo pida. Y no se te ocurra negarte. Mira, amigo Cástor, me he pasado los últimos veinte y dos años acudiendo a comisiones de reclamación, corrigiendo exámenes de convocatorias de premios extraordinarios de bachillerato, interviniendo en charlas informativas, etc., etc., sin recibir por ello emolumento alguno. A veces ni las gracias. ¿Está dentro de mi cometido? A lo mejor. O a lo mejor no. Pero si además acudes cuando te llaman para una reclamación más y tienes que aguantar que un recién llegado a la inspección te falte el respeto, pides amparo a quien corresponde rogándole que no te llamen para ese cometido, al menos durante un tiempo, y la respuesta es que tu deber es estar a disposición hasta el 31 de julio y te vuelven a llamar a los tres días, ¿cómo te puedes sentir? ¿Cómo te puedes sentir si cualquiera te puede llamar por teléfono, acusarte de lo que se le ocurra, amenazarte con vigilar tus movimientos, tus decisiones? ¿Qué pensar cuando descubres que al poner en conocimiento de un responsable de la delegación estas acusaciones y amenazas te das cuenta de que ese responsable oculta y falta a la verdad en más de una ocasión dando a entender que sabía de las mismas antes que tú? ¿Por qué? ¿Cómo llevas que un profesor que ni siquiera es de tu centro cuestione escandalizado ante sus alumnos de primero de bachillerato que seas el director de un instituto público a pesar de tu condición sexual? ¿Qué sientes cuando te enteras que algún colega que sí está en tu centro informa a un periodista local de todo lo que ocurre en el mismo siempre que pueda perjudicarte? ¿Existe alguna relación entre estas cuestiones? Lo siento. Suena algo paranoico. Debe ser que no aguanto el calor. Perdona tanto lamento. Pero es que ese vacío en el estómago no cesa. El problema radica en que me obstino ingenuamente en pensar que vivimos en un país moderno donde impera la tolerancia, la educación (sobre todo en aquellos que fueron instruidos), el compromiso, la generosidad... ¿Recuerdas que al sur de Géminis se encuentran Maera y Laelaps? Estos dos perros representan la fidelidad. Anoche miré al cielo y no pude ver ninguna de estas dos estrellas tan luminosas. Sé que escribes un blog. Escribe sobre lo que te he contado. Escribe y observa esas dos estrellas antes de irte a la cama, Ojalá estén brillando para ti.
Cuando nos despedimos, mientras me alejaba de la plaza, decidí ponerme a escribir las palabras de Pólux o ¿era Cástor? Y también decidí que después de esta historia no escribiría durante un tiempo, a pesar de lo dicho en la entrada anterior. Total, soy géminis, soy contradictorio. Ahora me pregunto: ¿a quién puede interesar lo anteriormente narrado o cualquier otra de las historias de este blog cuando se tiene por delante un tiempo para el ocio, el descanso, la frivolidad, el desmadre? Es tiempo de otras lecturas. De buenas novelas que han dormido en la estantería durante la primavera o de atragantarse con toda la prensa rosa de los quioscos.
Por eso, un abrazo a los que habéis estado ahí, y que, como a Maera y Laelaps, os puede más el sentimiento de lealtad que el aburrimiento. Por ello, mil gracias.
Hasta...






lunes, 11 de julio de 2011

En julio

Ya se quedaron las aulas y los pasillos vacíos. Bueno, casi. En la planta baja, opositores con rostros nerviosos y fatigados aguardan a ser llamados para hacer el examen oral mientras unos cuantos alumnos rezagados rellenan el impreso de matrícula en la oficina. A partir de la próxima semana nos quedaremos los precisos: administrativos, ordenanzas, personal de limpieza, algún miembro de la dirección y un servidor. Qué tranquilidad se siente cuando los alumnos y los compañeros se van de vacaciones. Con respecto a los primeros, porque dejan de ser parte de tu responsabilidad, al menos durante dos meses. En cuanto a los segundos, te dejan en paz, simplemente. A mí esa tranquilidad me dura unos días. Lo que yo llamo la primera etapa del mes de julio. Después comienza a corroerme la envidia al pensar que casi todos estarán disfrutando de un descanso merecido, de una cerveza en un chiringuito, de un remojón en la playa o en la piscina, de un buen libro en el sofá de casa. Luego, durante la tercera etapa, acabando este mes, me entra la ansiedad. Miro y miro el calendario sobre la pared de la conserjería y no dejo de contar los pocos días que faltan para abandonar el centro. Y por fin, el día que se echa la llave a la cancela y el instituto se queda de verdad vacío, ese día me entra una estúpida nostalgia cuyo motivo nunca llegaré a entender. Ese día, mientras José Manuel  y yo comprobamos que todas las dependencias están en orden, las ventanas y las puertas cerradas, las lámparas, ordenadores y demás aparatos correctamente apagados, y la penumbra va invadiendo cada espacio, ese día empiezan a agolparse en mi mente rostros, conversaciones, risas, llantos, momentos de tensión, de buen y mal rollo...y aún no he salido por la puerta y ya añoro a mis compañeros de café, a los que siempre están dispuestos a echarte una mano, al que viene a contarme un chiste cuando me ve algo abatido, a la alumna que te sonríe tímidamente cuando te la cruzas por el pasillo, a la que siempre está con dolor de cabeza pidiendo paracetamol y una llamadita a los padres para irse a casa, al que de vez en cuando llama a la puerta del despacho con cualquier excusa para sentarse en uno de los sillones de la mesa de reuniones, resoplando y alabando con vehemencia la comodidad de los mismos (en su lenguaje: joer, maestro, aquí me podía quedar toa la mañana).
Ahora estoy en la etapa envidiosa. Cada vez que llaman desde la Delegación requiriéndome alguna intervención u observo a algún padre o madre esperando a que entre en el instituto a las nueve de la mañana (los padres deberían tener vacaciones de sus funciones para que los demás tuviésemos vacaciones de ellos), irrumpen en  mi cerebro imágenes de compañeros en la barra acuática de un todo incluido llamándome pringao, o diciéndome: ¿de qué te quejas?, deja el carguito, que no eres imprescindible. Normalmente son aquellos con los que no me llevo bien. Lo sé. No puedes gustar a todo el mundo. Por otro lado, está bien que sea así. La discrepancia y la variedad de opiniones enriquecen. Aunque, ¿a quién quiero engañar? A esos me gustaría verlos sudar ahora lo que a veces ellos hacen sudar a otros, y no imaginármelos en un hotel refrescándose el cuerpo y el gaznate. Es más, mientras lo pienso, se me pone la cara de Terele Pávez en La comunidad o la de Jack Nicholson en El resplandor.
Sin embargo, a los demás os diré que espero que estéis pasando un verano hecho a vuestra medida. Acaba casi de comenzar. Esta es la mejor noticia. Y, aunque son tiempos duros, nosotros somos afortunados, ya lo sabéis. Por mi parte, de vez en cuando escribiré unas líneas en este blog para quien esté aburrido y quiera compartir algo de lo que tiene que contar un tipo tan raro que se siente melancólico el día del año que más feliz debería estar. Para rarezas, los colores ( ahora sobre todo el azul. El azul del mar, del cielo, de unos ojos…).
Disfrutad.



jueves, 30 de junio de 2011

Medianoche en Chania

De repente se me llenó el dormitorio. Algunos se sentaron en los bordes de la cama, otros decidieron permanecer en pie, bien apoyados sobre el quicio de la ventana mientras fumaban un cigarro o reclinados sobre la cómoda. Había uno sentado en la silla donde coloco la ropa que me pongo al día siguiente. Incluso alcancé a ver a otro que me daba la espalda. Durante un momento hubo un tenso silencio. Como no comprendía bien lo que hacían allí y me sentía intimidado, callé y esperé. Después comenzó el interrogatorio.
Hitchcock.- ¿Porqué miras tanto la ventana de enfrente?
C.- ¿Debo contestar a eso?
Hitchcock.- Para eso hemos venido. No tengo intención de perder un minuto más de lo necesario. Tengo al equipo y a Grace esperando para rodar una escena esencial. La ahogan en una piscina llena de sangre. Y muere, naturalmente. A ver. Explica la fijación que tienes por esa habitación.
C.- Ahí está el dormitorio en el que dormía una persona muy importante para mí.
Fellini.- ¿Una voluptuosa mujer de pechos grandes?, ¿tal vez una sirena de curvas sugerentes y pelo sedoso?
C.- No, un joven de treinta años, delgado, miope y de piel lechosa.
Fassbinder.- ¿Era tu amante? ¿Lo deseabas?
C.- No, no era mi amante. En cuanto al deseo, siempre sentí ganas de abrazarlo, de achucharlo. Necesito tocar a la gente. Que me toquen. Mi cuerpo se relaja cuando alguien súbitamente deja caer su mano sobre mi hombro. Ese gesto vale más que mil palabras de afecto, de consuelo, de halago. Cuando cojo las manos de otra persona entre las mías para mostrarle cariño o complicidad, casi no me importa que me escuche, quiero que me sienta. ¿Deseo hacia él? Sí, deseos de conversar con él durante horas, de pasear por calles, parques y jardines a horas imposibles, de mirar y recrearnos ante una pintura de Turner, de tomar una taza de té en la pequeña terraza del piso que compartíamos antes de que...
Spielberg.- ¿Antes de qué? ¿Hubo una fecha?
C.- Sí, el 12 de Diciembre de 1992. Esa tarde mi hermano se lo encontró tirado en el suelo de su habitación, paralizado de medio cuerpo, aún consciente y sin poder articular palabra alguna. La ambulancia lo trasladó al hospital, donde por cierto no funcionaba el aparato del TAC. Entonces nos fuimos a otra ciudad mayor, lo operaron de urgencia sin estar seguros de si sería capaz de sobrevivir a la intervención.
Lean.- ¿Qué recuerdas de ese día con mayor intensidad?
C.- Recuerdo la fría escalera donde el doctor que lo había operado y yo nos sentamos. La tenue luz que iluminaba aquel lugar impedía que viese con claridad el rostro del médico. ¿O era el cansancio y la ansiedad? No sé. Eran más de las tres de la mañana. Recuerdo que me dijo que el peligro no había pasado, que no podía asegurarme en qué estado quedaría si lograba sobrevivir, pues la cirugía había sido invasiva y había una parte del cerebro dañada irreversiblemente.
Erice.- ¿Porqué te dio el médico esas explicaciones a ti?
C.- Su familia vivía lejos. Su madre y su hermana llegaron al amanecer. Los meses de hospital que siguieron a aquel día y los tres años que logró vivir, los pasó con esa hermana. También con mi hermano, quien tanto lo quiso. Y conmigo.
Welles.- Creo adivinar que fueron unos tiempos duros.
C.- Duros para él. Al principio, meses de cama, después meses en una silla de ruedas, al final, el apoyo de la muleta y el brazo de cualquiera de los tres. En el momento en que  comenzó a utilizar la silla, habían estrenado la primera película de Alex de la Iglesia. Entonces, cuando íbamos por la calle, yo le preguntaba: ¿Quiénes somos? Y él respondía con un hilillo de voz: Acción mutante, somos acción mutante
Lee.- ¿Algún viaje?
C.- Muchos en pocos años. Los que hicimos antes de aquel día fueron maravillosos: Lisboa, Londres, Creta (allí esta Chania y su espléndido puerto veneciano). Los que vinieron después fueron aun mejor: Barcelona, el Algarve portugués, Lisboa de nuevo. Siempre Lisboa.
Eastwood.- Eres duro de mollera. ¿Acaso no has entendido la pregunta?
C.-  Perdón, es cierto, soy lento. Fue un viaje hacia delante, siempre hacia delante. Un viaje que me hizo ver y creer en el tesón, la resistencia, la ilusión, la convicción, la lucha sin cuartel, la paciencia, las ganas de vivir, el deseo de seguir poniendo en práctica una vocación. Me enseñó tanto a mí y a los que lo rodeábamos. Cuánto amor nos dio en tan poco tiempo.
Peckinpak.- ¿Algún día especialmente difícil?
C.- Una mañana fui a la clínica de rehabilitación en la que llevaba dos meses. Me había llamado la fisioterapeuta para decirme que no colaboraba. De seguir así, me dijo, no conseguirá abandonar la silla de ruedas. En ese momento estaba colgado sobre un espaldar de madera. Me fui para él y le grité con todas mis fuerzas, lo zarandeé hasta que vi correr sus lágrimas Días más tarde me volvió a llamar para decirme que había habido un cambio en su actitud a mejor. Sus palabras sonaban lejanas. Eran mis pensamientos los que no dejaban escuchar a aquella mujer. Nunca había tratado a mi amigo de esa forma, con aquella rabia. Reaccionó a mi furia, pero me sentí culpable y estúpido. ¿Y si no hubiera conseguido el efecto que buscaba? ¿Qué sabía yo sobre cómo afrontar una situación así?
Buñuel.- ¿Remordimientos? ¿Arrepentimiento tal vez?
C.- Sí, de no haber pasado más tiempo con él, aunque a algunos les pareciera demasiado. Triste por no haber disfrutado de su compañía todo el tiempo que me fue brindado.
Capra.- Háblame sobre un día feliz.
C.- Te hablaría de tantos, pero te mencionaré uno muy especial. Fue el día que entró en la pequeña aula en la que habíamos convertido el Departamento de Inglés para que pudiese dar clase de refuerzo a alumnos con problemas para aprender la asignatura. No olvidaré su rostro, su sonrisa, el nerviosismo que desprendían sus movimientos. Era la misma felicidad que siente un niño la noche de Reyes. Por fin regresaba a su hábitat, el instituto. Y a su trabajo, enseñar. Lo que mejor hacía del mundo.
Fernán Gómez.- Una frase, pero sólo una, ¿eh?
C.- Me queda claro. La que le dije minutos antes de morir mientras besaba su frente. Pero esa frase se queda para él y para mí.

A todos los que trataron y quisieron a Luciano.

viernes, 24 de junio de 2011

El silencio

Hace unos años pasé un invierno muy duro. Y no precisamente por el clima, pues vivo en un lugar donde esa estación del año es muy benigna con los que aquí habitamos, aunque algunos como yo, nacidos en pueblos y ciudades entre montañas, añoremos de vez en cuando el frío al que estábamos acostumbrados de pequeños. Y también la nieve, esa que nos regalaba algún que otro día de vacaciones y juegos inolvidables.
El motivo de mi pesadumbre fue una información aparecida en un medio de comunicación escrita, en la que se me hacía responsable de una acción que había propiciado el que una persona accediese a ocupar un puesto de trabajo en mi centro en unas condiciones cuando menos “irregulares”.
No antes, sino después de aparecer esa noticia, una joven periodista intentó que diese mi opinión sobre las declaraciones que el máximo responsable de la Consejería de Educación en la provincia había facilitado al periódico y en las que, más o menos, venía a decir que yo había solicitado ese puesto con un perfil muy concreto. En realidad, al leer esa opinión en la forma en la que fue publicada, si es que fue transcrita fielmente, muchos lectores podían llegar a la conclusión de que yo tenía capacidad para crear y conceder un puesto de profesor a mi antojo. Yo mismo habría pensado lo mismo si no hubiera sido el implicado. La joven redactora intentó varias veces que afirmara o desmintiese esas palabras. Nunca me tomé a mal esa insistencia, pues intuía que ella seguía las directrices que sus jefes le marcaban. Se limitaba a hacer su trabajo. Pero además, y esto es importante, en cualquier momento se pudo haber comprobado que la persona que se hizo cargo de ese puesto impartía horas reales de clase de diferentes asignaturas. Horas sobrantes de algunas materias que no podían ser atendidas por los profesores con plaza definitiva en el centro, pues ya tenían cubierto su horario semanal, incluso dando más docencia de la contemplada en la normativa vigente.
Aún guardo los recortes de periódico en los que, día sí, día no, aparecía alguna pulla sobre mi persona. Normalmente en una sección que no llevaba firma. Se decía que había rumores de que sería el próximo delegado de Educación, que tenía controladas las opiniones de los profesores de mi instituto, que tenía espías dentro del claustro. En fin, me convertí de repente en un trepa sin escrúpulos para un grupo de mis compañeros, incluso para algunos que me conocían desde hacía años. Lo que muchos desconocían era que en ese periódico trabajaba el hijo de una compañera del instituto al que conocía desde que era un adolescente y al cual tenía y sigo teniendo mucho cariño. Hubiese sido muy fácil acudir a él. No lo hice.
Al cabo de un mes, aproximadamente, ese periódico publicó que yo no había tenido nada que ver con la designación de esa persona. Sencillamente, llegaron a la conclusión (imagino que una vez que analizaron cuál es el procedimiento que hay establecido para tal efecto) de que no tenía capacidad ni para diseñar un perfil, ni publicar una convocatoria, ni de mucho menos, contratar a nadie. También guardo ese recorte.
Han pasado años y dos designaciones de Delegado de Educación. También ha habido designación de cargos administrativos de relevancia en la provincia o en la Consejería. Yo sigo en mi puesto, haciéndolo lo mejor posible, equivocándome también. Un día, un compañero que llegó nuevo al centro, después de tratarme durante meses, me dijo que un sindicato le había ofrecido unas horas de liberación lectiva si era capaz de destapar “la mierda que había en la Dirección” del instituto con respecto al caso que nos ocupa. Prometí a ese compañero que no rebelaría su nombre, pues sabía que podía perjudicarle. Pero ahí está. Están más cosas, y más documentos que podía haber sacado a la luz si hubiese querido entrar en el circo mediático en el que algunos querían que participase. Detrás de todo este incidente, como muchos pensábamos, había otro tipo de intereses, aparte de los puramente académicos o laborales, legítimos ambos. Y yo nunca he tenido, desde el punto de vista profesional, más interés que mi labor docente o administrativa.
Ustedes se preguntarán por qué callé. No es sencillo de explicar sin entrar en detalles que afectan a mi intimidad y a la intimidad de otros. Pero de lo que estoy seguro es que volvería a hacer lo mismo, es decir, volvería a callar. Creo firmemente en eso de que el tiempo pone a cada cual en su sitio y a cada cosa en su lugar. Todo es cuestión de ser paciente y, aunque no lo soy  para otras cosas, entonces decidí serlo. Tuve apoyos, no demasiados, pero uno por encima de todos: el de mi pareja. La persona más honesta y sensata que conozco.
Por cierto, ha estado trece años en el paro. Haciendo algún trabajo esporádico (rindiendo cuentas a hacienda por ello, faltaría más) y hace dos semanas le han hecho un contrato de cuatro meses. Somos afortunados.  Es mucho en los tiempos que corren. Se lo merece  porque lo vale, porque lo demostró delante del tribunal donde se presentaba junto a otros candidatos.
Qué sencillo es hablar. Sale gratis casi siempre. Pero esta es una ciudad pequeña. Cuando llevas muchos años viviendo en ella, conoces a la gente, sobretodo a los que se mueven en tu ambiente de trabajo. Y conoces detalles, hechos, realidades. Cuando me llegaba lo que decían algunos, inmediatamente me venía a la memoria lo que sabía de ellos. Entonces comprendía que no me tenía que sentir ofendido. En todo caso, decepcionado, triste. 
No quería escribir sobre esto, pero sería hurtarles algo importante en mi vida profesional (y personal). Sin embargo, les digo: basta, ya está. Tengo cosas mucho más interesantes que contar para quien quiera leerlas. Hasta otra.

miércoles, 22 de junio de 2011

La bofetada

Subo a 1º de ESO C. Voy "calentito" porque llevo viendo alumnos de ese curso en mi despacho casi todos los días del año, y no precisamente para darles una palmadita en la espalda por su buen comportamiento o su esfuerzo por aprender. Entro en la clase y la tutora, profesional joven pero incansable en su lucha por sacar adelante a un grupo muy difícil, pide a los alumnos silencio ante mi presencia. Les explico que me encuentro allí porque acaba de suceder un incidente grave entre dos alumnos que se han pegado durante los cinco minutos que hay entre clase y clase. Observo, mientras hablo, que un alumno me ignora por completo, dedicándose a teclear en su ordenador, y le llamo la atención de una forma probablemente inadecuada. Textualmente le digo: qué ganas me están entrando de darte un bofetón. Nunca le he dado a un alumno una bofetada y no lo voy a hacer ahora ni nunca, pero es lo que te mereces en este momento por esa actitud despreciativa y altanera que estás mostrando.
Después, intenté hacer comprender al grupo que, tanto la tutora, como los profesores que les impartían clase así como la orientadora (otra mujer comprometida con su trabajo y de enorme ayuda a la hora de abordar los problemas que teníamos con esos alumnos) estaban hartos de la actitud de la mayoría de la clase y que no se iba a tolerar ninguna falta disciplinaria más. Durante mi monólogo, utilicé muchas de las argucias que he ido aprendiendo en mi experiencia como docente y como cargo directivo para intentar hacerles entender que debían modificar esa conducta tan negativa y comenzar a ser estudiantes dignos de ocupar esas sillas que ya quisieran para sí muchos adolescentes en el mundo.
Luego me llevé a mi despacho al alumno anteriormente mencionado no sin antes advertir a los que se habían pegado que llamaría a sus padres inmediatamente para advertirles de la sanción que se les venía encima. Cuando contacté con el padre del niño que tenía sentado al lado, ese que antes me había ignorado de manera chulesca, le expliqué los motivos por los que su hijo estaba en Dirección, sin omitir ninguna de las palabras que había utilizado para llamarle la atención. También aproveché la ocasión para decirle, a instancias de la tutora que se encontraba a mi lado, que el alumno mostraba de vez en cuando una actitud agresiva y de superioridad hacia otros compañeros.
Como suele ocurrir desgraciadamente de vez en cuando, ese señor sólo escuchó la parte que él creía relevante. A saber: que yo había sentido deseos de infligir un castigo físico a su hijo y que le había proferido graves insultos al llamarlo agresivo y prepotente. Esa era su interpretación de mis palabras. Ni que decir cabe que me disculpé inmediatamente por lo inapropiado de mi intervención al  intimidar al pobre chaval indicando mis deseos de darle una galleta. Me disculpé dos veces para que ese señor comprobase que verdaderamente estaba arrepentido de mi actuación (¿lo estaba?). Todo esto mientras su hijo escuchaba con atención (esta vez sí) sentado, perdón, tumbado de forma indolente en uno de los sillones de la mesa de reuniones. Para finalizar, le indiqué que no iba a retirar los adjetivos utilizados sobre la conducta que su hijo mantenía con otros compañeros, pues ese tema lo debería hablar con la tutora o los profesores que la habían observado. Él acabó diciendo que se cruzaba en la calle con algunos de ellos y jamás le habían dicho nada. Es que la calle no es el sitio  adecuado para tratar esos temas, le contesté yo. Le deseé buenas tardes y colgué el teléfono.
Dos apuntes: cuando hablé al chaval de esa forma, lo hacía desde las tripas, siendo incorrecto en la formas, que nunca se deben perder, pero utilizando un lenguaje que pensé que el alumno entendería mejor y que más de un lingüista estaría de acuerdo en afirmar que conlleva un sentido de afectividad positivo para alguien que tiene doce años. En segundo lugar, la madre llamó después y se disculpó por la reacción de su marido y el comportamiento de su hijo.
Lo dicho otras veces. En un centro escolar todos aprendemos cada día....bueno, casi todos.



martes, 14 de junio de 2011

Los amigos de Carlos

Hay un par de escenas en El color púrpura (Steven Spielberg, 1985) que hace unos días acudieron súbitamente a mi memoria. Aunque para muchos críticos la película no pasó de ser un correcto drama, algo sensiblero, y no se llevó ningún Oscar de los once a los que aspiraba, hay momentos en esa obra que son cine en mayúsculas.
En una escena, Sofia, el personaje que interpreta la ahora multimillonaria e influyente Oprah Winfrey, aparece abatida sentada en una mesa a la hora del almuerzo después de haber pasado años en una cárcel. Es el momento en que Celie (Whoopi Goldberg) se rebela por fin contra su marido y le dice que se marcha de casa. De repente, esa mujer que parece un espectro, levanta la cabeza y dice a todos que Sofia ha vuelto. Y luego, con toda la dignidad que le confiere el inmenso dolor sufrido, mira a Celie y le agradece la ayuda que recibió de ella en un momento en que creía que ya no sería capaz de seguir adelante.
La otra escena ocurre al final de la película. Por fin se produce el reencuentro de las dos hermanas que tanto se quisieron de niñas. Sin embargo, en vez de mediar palabra alguna o dedicarse las lógicas muestras de afecto, las hermanas comienzan a jugar de la misma forma en que lo hacían de pequeñas, incluso de adolescentes. Todos ese tiempo de separación se borra de un plumazo, no ha pasado, no existe.
Este fin de semana en Granada comenzó para mí con sensaciones parecidas a las que sentían los personajes que escuchaban a Sofia mientras ésta narraba sus sufrimientos, para después sorprenderse de su fortaleza. Y esto ocurría mientras me bebía las palabras de una amiga que no veía desde hace más de veinte años. Pero no era cine, era la vida, su vida. Y comprobé cómo una chica insegura, acobardada a veces, y no demasiado sensata en sus decisiones, se había convertido en una mujer fuerte, una madre coraje, una trabajadora formidable y, especialmente, una persona firmemente comprometida con aquello en lo que creía.
Y el fin de semana terminó en un bar, con otros cuatro amigos más que fueron llegando desde sitios distintos. Veinte y cinco años más tarde, ahí estábamos los seis. Los mismos que pasaron los últimos años de universidad compartiendo casi todas las horas del día juntos. Y muchas noches también.
Mientras bailábamos las canciones que solíamos escuchar en aquellos días y tomábamos una copa (bueno, a lo mejor más de una), me dediqué a observarlos. De la primera que llegó a la ciudad ya os he hablado. El que venía desde Córdoba había cambiado poco físicamente, pero desde luego lo había hecho a mejor. En él descubrí que seguía siendo una persona inteligente, de réplicas mordaces, con una hermosa y profunda mirada. Un hombre que disfrutaba esa noche escuchando a los demás e interviniendo lo justo para mostrarnos lo equivocado que alguno de nosotros estaba con respecto a su comprensión. Es, ante todo, un tío legal y bondadoso.
De Almería llegó la más pragmática. Y, sin embargo, nunca ha tenido ese adjetivo una concepción tan positiva como la que se le puede aplicar a ella. Seguía siendo una mujer decidida, de fuertes convicciones pero sensible a las opiniones de los demás. Tiene una hija ya en la universidad. Serán afortunadas ella y su hermana, pues su madre se ha encargado de transmitirles los valores más hermosos: solidaridad y compromiso con los más débiles, una participación activa en movimientos que buscan una democracia y una justicia de verdad, y siempre, respeto hacia otras ideas. Sigo admirando su valentía, aunque ella, a veces, no se vea así.
El siguiente vive en Málaga. Tenía cierto temor a verlo de nuevo. Pero, como los demás, puso el listón tan alto durante el fin de semana, que del temor pasé a mirarle embobado y a reírme de nuevo con sus ocurrencias. Es divertido, un tío que desprende alegría, humildad, sencillez. Pero sobre todo es una persona generosa, capaz, no sólo de perdonar errores y acciones desafortunadas, sino de olvidarlas por completo en aras de preservar una amistad que está, para él, por encima de todo. Es un campeón. Y un magnífico ser humano.
Por último, me toca hablar de otra amiga que también llegó de Almería. Ella ha sido con la que he mantenido el contacto, aunque fuese por teléfono un par de veces al año. Pudo haber sido el gran amor de mi vida si no fuera por… (Eso se queda en la intimidad). Con ella tengo complicidad, me hace sacar la parte más divertida que hay en mí, aunque me coja en un mal día. Es despistada, ingenua hasta para captar un chiste malo, pero esa ingenuidad la hace irresistible, al menos para sus amigos. Se hace querer en un segundo, y cuando se la quiere, es para siempre.
La última noche, como en la escena final de El color púrpura, el tiempo giró hacia atrás y, de repente, se paró en 1986. Y durante buena parte de la noche nos dedicamos a hacer lo que hacíamos en esa época: jugar. Como Celie y Olivia. Fue la forma de comunicarnos, de decirnos los unos a los otros que seguíamos queriéndonos, de expresar lo que sentíamos.
Soy muy afortunado. Un día os dije que no tenía hijos. Es cierto, y es algo que lamento. Pero lo que sí tengo son amigos. Grandes amigos.
Y sobrinos, pero eso es otra historia.