jueves, 26 de abril de 2012

Wert, Montoro y asociados


A Angélica le dije que no había perdido su tiempo en absoluto. ¿Qué le iba a decir? Pues que las horas que ha pasado estudiando temas (que fueron unos cuando comenzó su preparación y, luego, otros cuando el señor Wert no los consideró adecuados), machacando cuestiones de carácter práctico, perfeccionando su programación de aula y mejorando las unidades didácticas de dicha programación, no han sido en vano. Que esta segunda vez, que no ha sido en realidad más que una farsa, es sólo eso, y que a la tercera va la vencida. Que la ilusión y el esfuerzo tienen al final su recompensa. ¿Qué le iba a decir?
Y lo mismo le repetí a Mª Ángeles, que con angustia me expresaba su miedo e incertidumbre ante ese negro futuro que se le avecina. Y después, me empleé en animar el alicaído estado de ánimo de mi amiga Carmen, interina por méritos propios (y magnífica profesora), repitiendo la misma cantinela y tratando de encontrar alguna expresión afortunada que le diese un poco de esperanza.
Pero esa jornada particular continuó. ¿Qué decirle a tu hermana cuando se entera de sopetón de que su hija mayor se queda sin oposiciones y a la pequeña le suben las tasas de matriculación 500 euros? ¿Cómo confortarla si sabes de sus horas de sacrificio y las de su marido para darle a su hijas la oportunidad que ellos no tuvieron? ¿De qué más se tendrán que privar para que llegue el momento en que las vean valerse por sí mismas? ¿Cuándo llegará ese momento?
Al final del día hablé con mi madre, como hago a diario. La pobre mujer, con su demencia senil, confunde a Pedro Piqueras con Rajoy, de tal forma que piensa que algunas de las medidas que el nuevo gobierno está tomando son decisión del primero, pues, en su lógica, es él quien las decide pues es él quien las anuncia. Y aunque me afano noche tras noche en aclararle la diferencia entre ambos, la mujer le ha tomado tanta tirria al pobre Piqueras que no sé cómo no se pasa el noticiario rascándose la oreja.
Cuando me fui a la cama, me dolía la cabeza. Antes de dormir, lo cual me costó bastante, pensé que de alguna manera todos estos ataques a jóvenes y mayores (no olvido al resto) deberían tener una clara respuesta, y ya me estaba regodeando en alguna cuando me acordé del ministro de Interior y me dije: Cuidado. Cuidado con lo que dices o escribes, que a lo mejor con la nueva ley que este señor planea, te pasas dos años en la cárcel por incitación a la violencia.
Por eso, si alguno de ustedes está muy indignado, pero que muy indignado, no piense en echarse a la calle a gritar como un poseso o algo peor. Vaya y contrate un bufete de abogados del estilo del que nombro en el título de esta entrada. Lo mismo hasta consigue un puesto de trabajo en algún despacho… en la sección de “embargos y desahucios”, por ejemplo.

martes, 17 de abril de 2012

El amor está en las aulas


Mi estado de ánimo me impulsa a escribir sobre algunas de las experiencias un tanto dolorosas y frustrantes que he vivido en las últimas semanas. Quisiera contar con su complicidad para poder lamentarme, para que entendieran por qué en estos días vuelvo una y otra vez sobre mis últimos veinte años y me veo como el autor de una novela que, una vez en las librerías, intentara hacer desaparecer todos los ejemplares a la venta para reescribir aquellas páginas que podrían ser manifiestamente mejorables, o como el director de cine que no supo o no pudo decidir sobre el montaje final de su película.
Sin embargo, el enorme cartel que cuelga de la fachada del hipermercado que hay frente a mi casa me indica que ya es primavera en el Corte Inglés. Y me siento ante el ordenador pensando que ustedes, en estos convulsos y oscuros tiempos en que vivimos, no merecen más dosis de angustia y pesimismo. Así que echo mano de aquella canción de Nat King Cole titulada L.O.V.E. y me pongo algo tierno, y es entonces cuando viene a mi memoria una breve pero intensa relación amorosa que dos compañeros de trabajo mantuvieron hace unos años en mi centro sin que prácticamente nadie se percatara de la misma. Porque el amor, especialmente en esta estación del año, está en todas partes, incluso en las aburridas salas de profesores que hay en cada escuela o instituto.
Fue una historia que los protagonistas llevaron con absoluta discreción, entre otras cosas porque él estaba casado y ella acababa de comenzar una relación con alguien al que había conocido poco tiempo atrás. ¿Cómo supe yo de este enamoramiento, si muchos días no puedo ni tomarme una manzanilla en la cafetería? Es sencillo. En todas las empresas, públicas o privadas, hay un Sauron, un ojo que todo lo ve. Y ese ojo, en mi centro, tiene una lengua que, imitando la hiperactividad del globo ocular, todo lo casca. Una vez que supe, a través de Sauron, lo que acontecía entre mis compañeros, le advertí de forma tajante que esa lengua tan vivaracha y locuaz debía permanecer muda, so pena de que se la cortase de un tajo con la navaja barbera que heredé de mi padre.
Pero, en el fondo, debo confesarlo, también a mí me daban ganas de coger al primero que se me cruzaba en el pasillo y ponerlo al corriente de lo que estaba pasando. Me moría de las ganas de contarlo. Somos puro morbo, qué le vamos a hacer.
Ella era una profesora cumplidora que, durante los dos o tres cursos que estuvo en el centro, mantuvo una relación afable con todo el mundo. Él faltaba al trabajo alguna vez que otra, justificando dichas ausencias por enfermedad, bien de algún miembro de su familia, bien de él mismo. Sauron, siempre atento, empezó a notar que dichas ausencias coincidían a menudo con la finalización de la jornada escolar de ella. Incluso comprobó cómo ambos salieron del centro, por separado claro está, una mañana de miércoles en la que ella tenía dos huecos en su horario. Ese día, él dijo encontrarse mal, con ganas de vomitar. Será un virus, comentó, antes de comunicar al jefe de Estudios que se marchaba a casa. A Sauron le faltó tiempo para ir a buscarme y, esbozando la sonrisa que pondría un niño pequeño que ha pillado a su hermana adolescente besando a su noviete y que cree desde ese momento que en adelante será ella quien realice sus tareas de casa, suspirar levemente y decir: Qué rico pegarse un camazo a estas horas, en mitad de la semana. Qué suerte tiene este tío.
Luego salieron a relucir los diferentes puntos de vista desde los que ambos veíamos la situación. A mí me parecía que no estaban haciendo lo correcto. Los dos tenían un compromiso con otras personas. En el caso de él, su compromiso era aún más firme. ¿Qué ocurriría si de repente todo se supiese y llegara a oídos de su mujer? A mi compañera la disculpaba más porque, al fin y al cabo, estaba soltera. ¿Que estaba saliendo con otro? Bueno, de eso sabíamos poco y, por lo que ella había comentado a algún compañero, el cual tampoco tardó mucho tiempo en repetirlo a otros colegas más, lo suyo no era sino un tonteo (ya saben, en este aspecto, muchos adultos no hemos superado la tierna adolescencia, de modo que si en una reunión nos tomamos alguna que otra copa, acabamos jugando a eso de “verdad o atrevimiento”, con tal de que el cotilleo que se produce a continuación no le parezca a nadie un acto de mal gusto). Sin embargo, Sauron celebraba la osadía de los amantes y mostraba sin pudor su envidia por no tener la oportunidad de hacer lo mismo. ¿Tú crees que la mujer de éste es tonta?, me preguntaba de forma retórica. Ojos que no ven…ya sabes. De todas formas, ¿qué más da? Si los vieras por la calle, joder, si parecen el matrimonio de Cuéntame. A estos les tendría que caer un rayo en medio para que se separaran, o terminar de pagar la hipoteca, que es lo que de verdad desata ataduras en esta vida que nos ha tocado vivir. Lo cierto es que si alguien nos hubiese visto discutir sobre el tema en cuestión, hubiese pensado que también nosotros formábamos parte del elenco de la serie antes mencionada, en calidad de vecinos metijones al calor de un carajillo en la barra de un bar.
Después de aquel día, decidí que no volvería a mencionar el asunto con el “Señor Oscuro”, ni con nadie, por supuesto. Me sentía mal cada vez que lo hacíamos. ¿Y si no era verdad?, me preguntaba. Y aunque lo fuese, ¿qué me importaba a mí lo que dos personas, de forma libre, hiciesen con sus vidas? Tengo que admitir que al prestarles más atención de la debida, especialmente cuando ambos se hallaban en el mismo espacio, me parecía observar alguna mirada furtiva entre ellos, o el esbozo de una leve sonrisa que no iba dirigida precisamente hacia el que les estaba dando conversación en ese momento. Y entonces yo pensaba que probablemente alguno de los dos estaba recordando algún hermoso detalle de sus momentos juntos. Miraba a mí alrededor y tenía la impresión de que, con la pasión de su aventura furtiva, contagiaban el ambiente, y la gente parecía más feliz. Por los pasillos no veía otra cosa que alumnos y alumnas cogidos de la mano mostrándose ternura a través de gestos y palabras (y a algún alumno/alumno, alumna/alumna también, porque en este centro, en el que agradezco poder trabajar, eso ocurre de vez en cuando). Incluso la manzanilla que tan amablemente me sirve muchos días esa estupenda mujer que hay tras la barra de la cafetería del bar sabía a canela fresca.
Cuando a las tres salía del instituto y cogía el coche para ir a casa, en el momento de pasar por esos grandes almacenes con su enorme letrero, no podía evitar pensar que ya no sólo nos vendían ropa o alimentos, a la vez que un sin fin de abalorios inútiles, sino que dirigían nuestras emociones de una forma cada vez menos subliminal y más agresiva. Como me volvían a entrar remordimientos, aunque esa vez fuese por una causa diferente, le daba al play y escuchaba a Nat, lo cual siempre es emoción con denominación de origen y calidad superior.   

lunes, 26 de marzo de 2012

La Pava-Express


Cuando era pequeño, mi abuela Francisca (sí, esa de la que ya les he hablado en otras ocasiones) me llevaba los veranos a Madrid. Allí vivía su hermana pequeña, mi tía Lola. Como muchas otras familias andaluzas, mi tía y su familia emigraron a la capital de España en busca de una vida mejor, en realidad, en busca de una vida. Para mi abuela, su hermana era como una hija. Mi bisabuela había parido diez veces. Cuando Francisca, la mayor, era una joven de apenas veinte años, su madre enfermó y se pasó casi todo el tiempo en la cama hasta que murió. Mi abuela, con la ayuda de su padre, sacó la familia adelante con esfuerzo, ternura y sacrificio. Adoraba a sus hermanos, pero no podía evitar sentir debilidad por su hermana Lola y, aún más, por la hija de ésta, a la que también había ayudado a criar, junto a mi hermana y a mí, antes de que abandonasen el pueblo definitivamente. Pues bien, durante algunos años, al llegar agosto, mi abuela y yo nos montábamos en un autobús que nos llevaba a Jaén y allí cogíamos “la Pava”, la línea regular que unía esa ciudad con Madrid. El viaje se hacía sofocante y agotador, como pueden imaginar. A mediados de los años setenta, atravesar Despeñaperros por aquellas carreteras atestadas de camiones y seiscientos era algo interminable. Pero, cuando llegábamos a Villaverde Bajo y mi tía y mi abuela se fundían en un largo abrazo jalonado de besos y veía a mi prima y ante mí se abrían tantas perspectivas, tantas cosas por hacer (ver cine en la Gran Vía, merendar en el Cerro de los Ángeles, ir al Prado…), los vómitos y el sudor del camino se quedaban en la pañoleta que, tímidamente, escondía ante los demás, como una mera anécdota que recordar el verano siguiente, justo antes de subir a “la Pava” de nuevo.
Una tarde nos encontrábamos mi prima y yo paseando por Sol al anochecer. Cómo habíamos almorzado temprano, me preguntó si tenía hambre, a lo cual contesté afirmativamente. Entonces, me propuso entrar en un sitio que habían abierto recientemente para comernos un perrito caliente. Percibí tanta ilusión en su propuesta (ya verás, te va a encantar,ahí los ponen buenísimos) que me dejé llevar hasta aquel lugar “tan moderno”. Lo cierto es que iba angustiado. Pero, ¿qué íbamos a hacer? ¿De verdad nos íbamos a comer a un pobre perro? Había poca distancia desde donde nos encontrábamos hasta el bar o lo que fuera aquello, pero esas decenas de metros se me hicieron eternas. Dios mío, pensé, que no me toque la parte del rabo (tanto en el sentido literal como en el figurado). Un sudor frío comenzó a recorrerme el cuerpo y mi rostro tuvo que cambiar de color hasta quedarse más blanco que el algodón, pues mi prima me preguntó si me sentía bien. Sí, sí, acerté a contestar, con un hilillo de voz que apenas me salía del cuerpo. ¿Seguro?, apostilló. Que sí, prima, le dije zanjando la cuestión. Pero yo por dentro me quería morir. Cuando llegamos a la barra y pidió dos perritos y dos refrescos, la angustia y el asco empezaban a producirme amagos de arcadas. Yo me preguntaba a qué grado de salvajismo se había llegado en aquella ciudad que se comían a los perros como si fueran conejos o pollos. Debe de ser una moda, me decía. Pero por muy modernos que quisieran ser, comerse una parte de un perro me parecía un hecho atroz. ¿Y si le decía que tenía ardor de estómago o que me había empezado a doler la tripa? La excusa era del todo creíble, pues no había más que echar un vistazo a mi cara que, bajo el neón, lucía mortecina en aquellos espejos que decoraban el interior. También pensé sugerirle que solicitara alguna parte del perro que fuese lo menos desagradable y, a ser posible, lo más pequeña posible. Llegué a pensar en una costillita, como las de choto que comíamos en el pueblo, pero como no estaba seguro de que se pudiera elegir, ya que ella no lo había mencionado al dirigirse al camarero, me pareció que sería muy poco cortés, además de desagradecido por mi parte. Así nos había educado la abuela. Había que celebrar lo que se nos ofreciera. De repente, allí estaban los perritos. Dos salchichas embutidas en dos trozos de pan. Me acercó uno y me aconsejó que le echase un poco de tomate frito y mostaza. Te va a saber más rico, sugirió mi prima. ¿Este es el perrito?, inquirí, no fiándome del todo de que aquello no fuera más que un aperitivo antes de que viniera el canino. Pues claro, hombre, ¿qué va a ser si no? Y entonces observó la expresión de alivio que se adueñaba de todo mi cuerpo. Vamos, que volví a ser persona. Ella se echó a reír, intentando adivinar lo que se me podía haber pasado por la mente mientras llegaban los dichosos perritos. Ay, pobrecito mío. Qué mal rato has debido de pasar. Pero ¿por qué no has preguntado lo que íbamos a tomar si no sabías lo que era? No sé, prima. Es que aquí es todo tan diferente al pueblo que no quería parecer un cateto provinciano, acerté a decir, más relajado. Qué bobo eres, si en Madrid hay de todo menos madrileños. Y te aseguro que muchos de ellos aún no saben lo que es un perrito caliente. Anda, come, que no te va a morder. Y siguió riendo un buen rato.
Esta pequeña historia, completamente cierta, se la conté a un alumno mío durante uno de los recreos que pasó sancionado en mi despacho el curso pasado. Había insultado a otro compañero de forma grave. Podía haber optado por otro tipo de sanción, pero el tiempo me ha demostrado que, a veces, hay alumnos que responden bien a este tipo de sanciones, en las que hablamos e intentamos analizar las razones por las que se producen comportamientos indebidos que causan malestar y, en alguna ocasión, sufrimiento a otras personas. Aquel chico era un buen chaval que no calculó bien el alcance de lo que él había creído que era una simple broma.
Recuerdo que, sin pretenderlo yo deliberadamente, me habló de una cruzada que estaba llevando a cabo. Estaba intentado reconciliar a sus padres, los cuales se habían separado hacía un par de años. Él creía saber las causas de dicha separación y, al parecerle dichas causas ajenas a la convivencia familiar, incluso a la relación de ambos cónyuges, había urdido un plan que con el tiempo debía dar resultado. Entre las estrategias que había puesto en marcha estaba la de pasar más tiempo con su padre, que en aquel momento vivía fuera del domicilio familiar. El hombre poseía un pequeño restaurante y mi alumno se iba allí los fines de semana a echar una mano. Se notaba que adoraba a su padre. También le gustaba lo que hacía con él en ese pequeño negocio. ¿Y tu madre no se molesta porque no pases con ella algo más de tu tiempo libre?, quise saber. Bueno, estoy con ella a diario. Además, lo que ella desea es verme feliz. Cuanto más feliz me vea con mi padre, más probable es que ella también quiera compartir esa felicidad, ¿no crees?, me preguntó con ansiedad. Como no sabía muy bien qué contestar y en la conversación habían salido a relucir ciertos alimentos que se servían en el restaurante del padre, no se me ocurrió otra cosa que echar mano de ese breve periplo con los perritos calientes. Ya ven lo que uno termina haciendo al cabo del día para intentar borrar la tristeza de los ojos de un chiquillo y hacerle esbozar una sonrisa. A lo mejor, algún talibán de la enseñanza piensa que aquellos recreos tenían bien poco de sanción y mucho de paternalismo. Bueno, quizás los nuevos aires que soplan desde ese Madrid al que sigo añorando nos traigan a los profesores y a los responsables de los centros escolares una nueva forma de abordar la disciplina en las aulas. A lo mejor, el nuevo ministro tiene a bien promover más formación/instrucción  para mejorar la labor de los directores e incluye en la misma algún curso del tipo “las mil y una formas de castigar a un alumno, disfrutando en cada intento”.  
Yo, al sado, por ahora no me apunto.
Esta es mi entrada número cincuenta. Nunca pensé que llegaría a escribir tantos pequeños relatos. Ojalá los hayan disfrutado de algún modo. Esa ha sido siempre mi intención. Como cantaba aquella vedette:
Agradecido
Y emocionado
Gracias por ….
A mi marido

viernes, 16 de marzo de 2012

...y el triste arbolillo, sin hojas quedó


Enseñar no es un acto exclusivo de los profesores. Se enseña a un amigo a ser leal, a un amante a querer, a un hijo a obedecer, a un padre a confiar. Sin embargo, ¿quién no se ha sentido alguna vez como ese viejo maestro de La lengua de las Mariposas cuando es apedreado por su discípulo más querido?
¿Quién no ha experimentado la decepción que se produce al no lograr inculcar en los seres que nos rodean aquello que consideramos importante para su bienestar y seguridad?
¿Qué abuelos al desear para sus nietos un futuro sin los sobresaltos que ellos vivieron no pueden evitar albergar oscuras premoniciones que sacuden sus cansados cuerpos?
¿Cuántos docentes no se ven frustrados al despedir a demasiados alumnos que abandonan sus centros sin una formación que les haría valorar y apreciar todo el legado que nos dejaron tantos seres increíbles que habitaron este mundo y los que hoy continúan su labor? Aún peor, sin una formación básica para sobrevivir en una jungla cada vez más despiadada y feroz.
¿Qué hacer cuando la energía empleada en la transmisión de valores se estrella contra el timbre de las tres de la tarde y se diluye entre el agolpamiento del alumnado en la puerta de salida?
¿Qué queda de esa cándida batalla que inicia el joven profesor contra la basura que contamina una adolescencia que muchas veces no habla sino a través de un lenguaje hecho jirones?
¿Por qué un maduro profesor se empeña con obcecación en llegar a algunas mentes llenas de trivialidades y prejuicios, y trata de escarbar buscando luz en pozos cada vez más oscuros?
¿Por qué ese profesor no ceja en tan obstinado empeño y, de una forma razonada, no es capaz de ver que son enormes molinos de viento los que están detrás de esa creciente oscuridad?
¿Por qué no es capaz de entrever que nunca sus palabras cruzarán puertas blindadas por adultos que alimentan a sus cachorros con sus propios miedos y algún que otro aparato electrónico que los aísla aún más de lo que les puede salvar?
¿Qué siente ese profesor cuando quien tira la primera piedra a su cabeza no es un alumno al que aprecia sino su padre?
¿Arrojará el alumno la segunda?

Lo siento. Hoy no ha sido un buen día.

lunes, 12 de marzo de 2012

Rojo


Conocí a Segis (Segismundo) en unas jornadas sobre normativa curricular hace unos años. Mi primera conversación con él tuvo lugar en uno de esos agradecidos descansos que los organizadores tienen a bien programar para que los asistentes tomen un café o simplemente caminen durante un rato y estiren las piernas que están tanto o más agarrotadas que sus neuronas cerebrales cuando llevan escuchando a una persona más de dos horas; ponentes que, a veces, están tan encantados de escucharse a sí mismos que no son capaces de observar el hastío que producen sus palabras cuando la idea principal la han exprimido hasta dejarla más seca que una uva pasa.
Pues bien, ya fuera por una imperiosa necesidad de tomar cafeína para no quedarse dormidos en el aula o por ausencia de civismo, la actitud beligerante de toda aquella gente en la cafetería esa mañana hacía que Segis y yo fuésemos incapaces de encontrar un hueco en la barra, y en uno de los intentos desesperados por hacernos oír ante un camarero desbordado, su voz y la mía sonaron al unísono pareciendo más dos niños de San Ildefonso el día 22 de diciembre que dos directores de instituto. Este hecho nos produjo un ataque de risa incesante y escandalosa que nos obligó a irnos de aquel lugar ante la mirada despectiva de los compañeros de dichas jornadas que, desde aquel momento, comenzaron a mirarnos como a frikis que usurpaban dos puestos que podían haber ocupado otros directores que habrían tenido, con seguridad, un comportamiento más acorde con las circunstancias.
Después de un par de descansos más y alguna pella, ya habíamos hablado de cine, cocina, música y literatura, y estábamos entrando en terrenos personales que propiciaban otro nivel de conocimiento y el principio de una relación más allá del colegueo profesional. Precisamente comentando algunas obras de cine en cuya apreciación coincidíamos, recalé en su preferencia por películas que contenían el tema de la venganza como eje fundamental de sus argumentos. Iba a preguntarle el porqué de esa inclinación cuando llegó la hora de acudir a la última sesión del curso. Nos sentamos y le susurré al oído que ya se terminaba aquel suplicio. Sin embargo, pareció ignorar mis palabras y concentró su mirada en el ponente que estaba a punto de iniciar su disertación. Lo miraba con tanta intensidad que diría que en aquel momento sólo había dos personas en el aula. Por otro lado, su mirada, a ratos dolorosa y a otros raramente complaciente, era la de alguien que acaba de ver a quien se lleva buscando toda una vida. Así se pasó la hora y media que aquel hombre estuvo hablando. Al finalizar, y apartándome casi de un codazo, se colocó en medio del pasillo de pupitres de tal manera que el ponente no pudiera evitar toparse con él. Cuando justo lo tenía delante de él, una compañera se interpuso entre los dos y dirigiéndose a Segis le dijo: No sabes las veces que me ha preguntado Leo por ti este mes. Leo era ese hombre del que Segis no apartaba su vista. Entonces, antes de que éste pudiese reaccionar, Leo le cogió la mano efusivamente y se la estrechó con fuerza. Después le echó el brazo por el hombro y lo sacó del aula mientras no dejaba de hablarle, casi susurrarle al oído, como podría hacerlo un amigo que se reencuentra con otro tras un largo período de tiempo. Por mi parte, sólo alcancé a observar el desconcierto y la impotencia que reflejaban el rostro de Segis mientras era arrastrado hacia la puerta.
Como era el final de la última jornada, pensé que no tendría tiempo de despedirme de él antes de marcharme y sentí algo de tristeza, pues lo cierto es que me parecía alguien interesante y, en cierto modo, había hecho de esos tediosos días algo agradable.
Me puse a recoger mi material mientras la compañera de antes, muy locuaz ella, intentaba saber mi opinión sobre la formación recibida. Contestar con evasivas no hizo sino aumentar su curiosidad, visto lo cual, le dije que todo había estado perfecto, repitiéndolo una vez más de manera contundente para que no albergara dudas y me dejara en paz. Ya estaba saliendo cuando de repente me di cuenta de que Segis había olvidado la funda de sus gafas sobre el pupitre. La cogí y fui a buscarlo para devolvérselas. Miré en la entrada, pregunté al conserje, que ya estaba apagando luces del edificio; le rogué que me permitiera mirar en las clases contiguas, lo cual hizo a regañadientes, pero no lo encontré. Debía haberse ido ya. Salí al patio donde tenía aparcado mi coche y cuando iba a abrir la puerta, sentí como si un perro me agarrara el tobillo por detrás mientras ladraba. Era Segis. Joder, tío, con la bromita. ¿Quieres que me un infarto?, le espeté. A ti no, pero no me importaría que le ocurriese al cabrón con el que me has visto hablar, contestó de manera enigmática. Pues sí que le tienes aprecio, añadí yo. Luego, como quien cuenta a otro la trama resumida de una película, Segis me narró una pequeña historia y comprendí, justo al final de la misma, su afición por los thrillers de venganza.
Leo era unos años más joven que Segis. Se habían criado en el mismo pueblo. Aunque no había mucha diferencia de edad entre ambos, apenas se habían tratado de niños. Sabía de él porque era compañero de su hermano pequeño en el colegio. El hermano de Segis era un chico algo especial. De carácter algo indolente y susceptible y maneras bastante femeninas, los demás niños del colegio solían hacerle el vacío. Nunca se molestaron en conocerlo bien. Nunca supieron de la bondad de su corazón, de cómo se volcaba con alguien cuando se le hacía un poco de caso, de su soledad extrema. La familia de Segis sufría todo esto en silencio. No se hablaba de ello en casa. Pero llegó la excursión de fin de estudios, cuando los alumnos terminaban octavo de EGB, y el hermano de Segis decidió que él, a pesar de su forzada exclusión, quería ir. Su madre intentó convencerlo para que no fuera, intuyendo la serie de despropósitos que vendrían más adelante, pero su padre vio la excursión como una oportunidad para que el chico se creciera ante las adversidades, se hiciese más fuerte y no dependiera afectivamente tanto de su mujer. Le dio el importe que costaba el viaje al maestro encargado del mismo y pensó que era el dinero mejor gastado en los últimos años.
Cuando quedaba una semana para que tuviese lugar la excursión, a los padres de Segis los llamaron al colegio. La directora les explicó que le habían pegado a su hijo en el patio durante el recreo. Les explicó que sabían quiénes habían sido y también las razones de la agresión. Era sencillo, dijo la directora. Ningún chico quería compartir habitación con su hijo, y, claro está, aunque un par de chicas se habían ofrecido a hacerlo, ni el colegio ni los padres de éstas, añadió, permitirían jamás que eso ocurriese. Su hijo, entonces, había insultado a los compañeros por negarse a acogerlo y unos cuantos, dirigidos por Leo, le habían zurrado. Aunque la agresión no tenía justificación alguna y los responsables iban a ser sancionados, todo esto se podría haber evitado, continuó la directora, si los padres de Segis hubiesen calculado los riesgos de alentar a su hijo a realizar una actividad de ese tipo conociendo sus circunstancias. Cuando los padres salieron del despacho de la directora, se miraron y no pronunciaron palabra alguna. Sin embargo, la madre se preguntaba una y otra vez por qué la directora había calificado aquello de sencillo. ¿Sencillo?, Dios mío, si tan sólo fuese un poco sencillo. El hermano de Segis siguió sufriendo el acoso, la incomprensión y el aislamiento por parte de casi todos los chicos del pueblo hasta que acabó por marcharse de aquel lugar.
Ahora Segis se acababa de encontrar con Leo muchos años después en una ciudad lejos de aquel pueblo. Y Leo le había pedido que le echase una mano con su hijo mayor, un chaval con problemas de disciplina y de aprendizaje. Era el mes de las preinscripciones. Al hijo de Leo no le correspondía el instituto de Segis, ni por zona, ni por colegio de referencia, pero había oído hablar tanto de la buena labor que Segis y su equipo hacían con chavales como su hijo que por fuerza tenía que admitirlo. Eres mi salvación, le había dicho, y somos del mismo pueblo. Si los paisanos no se ayudan…
Ahí cortó Segis la historia. Yo alcancé a comentarle que ese tal Leo podría haber encontrado un argumento menos cazurro y lamenté lo que había tenido que pasar su hermano. Él siguió sin decir palabra. De forma un tanto autómata cogió la funda de sus gafas y esbozó una sonrisa amarga. Luego le pregunté si había aprovechado la ocasión para ponerlo en su sitio. Su expresión se hizo más amarga aún. Hizo un leve, pero costoso intento por responderme y, sin embargo, se dio media vuelta y desapareció.
Lo volví a ver en otro encuentro de directores al comienzo del curso siguiente. Dicho encuentro, auspiciado por los servicios de Inspección, tuvo lugar en su centro. Cuando lo estaba saludando en el recibidor, un chaval al que uno no le quitaría la vista de encima si se lo encontrase en una calle de noche, se le acercó para decirle que lo llamaba la profesora de Educación Especial. Ya voy, Leo, le dijo, ya voy.

domingo, 19 de febrero de 2012

En blanco y negro, o sea, gris


Yo fui un niño del BUP, pero antes lo fui de la EGB y, aún antes, lo fui de las “Andresitas”. No se equivoquen, no se trata de un colegio privado perteneciente a alguna congregación de monjas. Las Andresitas eran dos hermanas maestras (si alguna vez tuvieron el título oficial, no podría asegurarlo) que ya eran mayores cuando comencé a asistir a su casa para recibir instrucción. Entonces, y hablo de finales de los años sesenta, los niños asistían a la escuela pública a partir de los seis años. Sin embargo, mis padres, al igual que otros en el pueblo, pensaban que a la escuela había que ir sabiendo ya leer y escribir. Por tanto, mi padre mandó hacer una pequeña silla acorde con mi tamaño a un carpintero amigo suyo (yo no tendría más de cuatro años) y todos los días cogía esa silla, mi cuaderno y mi estuche, y me desplazaba solito a través de varias calles, que no eran sino cuestas empinadas, hasta llegar a la casa de aquellas mujeres. Era un edificio grande y antiguo, en plena decadencia, situado en una de las partes más antiguas del pueblo, frente a una plaza poblada entonces por árboles centenarios, llamada, de forma un tanto contradictoria, Plaza Nueva.
A mí me inspiraba terror aquella casa, y en cierto modo, aquellas mujeres, aunque no fuesen personas crueles en realidad. No lo sé. La verdad es que guardo vagas impresiones sobre ellas al ser yo tan niño. Pero el primer recuerdo de mi vida que se me viene a la memoria fue la paliza que me dieron mis padres un día, a cuenta de una ausencia a su clase. Era una tarde de invierno, por lo visto, y subiendo una de esas calles, me encontré con un amigo y me propuso que nos fuésemos a jugar a su casa. Así lo hicimos. Cuando regresé a la mía, ya de noche, mis padres estaban en la puerta con la cara demudada. Hasta ahí no tengo imagen alguna, sino lo que mis padres me contaron con el paso del tiempo. La primera fotografía real que almacena mi mente es la de mi padre quitándose el cinturón y mi madre la zapatilla. Dieron buena cuenta de su angustia y su rabia en mi trasero. No volví a faltar a casa de la Andresitas nunca más. Entre otras cosas, porque me pasé unos cuantos días castigado en el cuarto de las ratas, y ese cuarto daba mucho miedo. Si había ratas o no, nunca lo supe, pero me parecía oírlas roer, ante lo cual, me pasaba todo el rato cambiando mi silla de posición o subiéndome a ella.
Evidentemente, cuando llegué al colegio de mi pueblo, sabía leer y escribir, como otros tantos niños. Pero también estaban aquellos que nunca antes habían estado delante de una cuartilla de ortografía o de un manual de escritura. Qué desazón me produce escuchar a aquellos que se quejan de que no se puede atender la diversidad (para ellos un concepto inventado en la LOGSE) porque es imposible trabajar apropiadamente con la variedad de alumnos que hay hoy en las aulas. Esa variedad ya era algo muy real antes incluso de que naciera la LGE (Ley General de Educación, 1970). Y si no, pregunten a aquellos maestros que hacían un esfuerzo titánico para sacar adelante a tantos alumnos que provenían de medios rurales, con padres analfabetos y que compartían pupitre con otros que les llevaban una ventaja enorme. Por supuesto que es difícil trabajar ante tan notoria diversidad de ritmos, capacidades y conocimientos previos, pero es lo que nos toca hacer. Y aquellos maestros eran capaces, no sólo de hacer aprender a los que nada o poco sabían, sino de estimular y hacer avanzar a los que ya les aventajaban unos kilómetros.
Mis padres, que no provenían de familias acomodadas precisamente, hicieron un esfuerzo enorme por que mis hermanos y yo tuviésemos esa oportunidad extra. Sin embargo, no fueron capaces de culminar esa generosa y acertada idea del papel tan importante que juega la educación en la vida de las personas en el caso de mi hermana. Así era aquel tiempo. Cuando ella acabó el último curso de EGB (algo parecido a la Educación Primaria actual, para los jóvenes lectores), mis padres le negaron la posibilidad de seguir estudiando, ya que ello entrañaba pagarle un internado, o al menos, añadir la cantidad que la beca del Monte Pío, si se la concedían, no cubría para dicho menester. En mi pueblo no había instituto, y ya me habían enviado a mí el año anterior a uno, perteneciente a una Orden que, por cierto, prefiero evitar mencionar (de hecho me enviaron, sin saberlo, al infierno, aunque esa es una historia de mi vida que nadie conoce realmente y así espero que siga sucediendo).
Estaban muy apretados económicamente y trabajando a destajo en empleos extenuantes y mal pagados, como el de mi madre, o alternando varios, como ocurría a mi padre, para sacar adelante una hogar con tres hijos y dos personas mayores, mis abuelos, que vivían con nosotros. Pensaron que, al ser una chica, no era tan importante que se formara, una vez que tenía el título de enseñanza básica.
Esto no es un ajuste de cuentas con mis progenitores. Es contarles una triste realidad. Mi hermana era tan buena estudiante como yo. Trabajaba de forma más metódica y era muy constante. Hubiese tenido, conociéndola como la conozco, un éxito indudable en el bachillerato y en la universidad. Su vida podría haber sido diferente, no necesariamente mejor, pero nunca lo sabremos porque no tuvo opción de elegir. Tiene dos hijas. Una de ellas terminó su licenciatura hace tres años. La otra está en su segundo año de universidad. A ellas sí se les ha dado la oportunidad.
La semana pasada (una de esas semanas en las que te juras que cuando llegue junio lo mandas todo al carajo) tuve varias experiencias con padres y madres en el instituto. Alguna, dolorosa, y otras, francamente desagradables. Eran padres con formación universitaria, pero qué difícil fue apreciar este hecho en alguno de ellos. Mi hermana no la tiene, pero, de manera individual, y en el poco tiempo que le queda después de trabajar y atender a su familia, se ha ido formando, especialmente a través de la lectura. Es una lectora voraz. Ella y mi cuñado han inculcado en sus hijas de forma natural, con sensatez y dejándose ayudar en este aspecto cuando lo han necesitado, la importancia de una formación académica amplia. Mi hermana y mi cuñado no tendrán un título universitario, pero han sabido inculcar en sus hijas valores que ya quisieran inculcar otros padres a los que les sobran “estudios”.
Yo sólo puedo añadir que me alegra ver cómo mis clases están llenas de chicos, y, especialmente, de chicas. Y no me vale eso de… “las buenas van al cielo y las malas a todas partes”. No, las malas, si son lo bastante inteligentes, van a la universidad, donde están la mayor parte de las buenas.
(A mi sobrina Alicia, mi más fiel lectora)

sábado, 11 de febrero de 2012

Raptime


Estoy aquí, marcando la pauta
Escuchando tus gritos
Tu voz de internauta
Abriéndome camino
Intentando influir… en tu destino
No me comprendes
No quieres oír
Tu vida comienza a las tres, no por la mañana
Te importan tus colegas, tu paga de fin de semana
Tus viejos son dinosaurios
Tus profesores un coñazo
Miras por la ventana y el tiempo va despacio
Yo sigo explicando
Pegado a la pizarra
Tú con el libro abierto, ausente y aguantando
Crees que esto es una batalla
En una prisión de aulas
Y yo te digo que el futuro
Será tu propia muralla
Mírame
Quiero que despiertes
Que abandones tu desgana, tu apatía y tu indiferencia
Quiero que salga de ti lo mejor que tienes
No quiebres mi paciencia
Yo puedo ser el pasado
Un resto de un naufragio
Pero tú en tu desafío
Te vas a quedar colgado
Venga, tío, ayúdame a enseñarte
A ver lo que te estás perdiendo
Tal vez así
Cuando en la calle pases por mi lado
No desvíes tu mirada
Y me acabes saludando

(Quizás este improvisado texto sea útil a algunos profesores para que sus alumnos les presten más atención. Eso sí, hay que entonarlo adecuadamente acompañado de una “base”, o sea, fondo musical apropiado para un rap)