miércoles, 16 de mayo de 2012

Anoche



Anoche, frente al espejo del cuarto de baño, mientras preparaba la pasta dentífrica para limpiarme los dientes, me dediqué a poner caras. Cara de de alguien interesante, arqueando la ceja derecha, pues no logro hacerlo con la izquierda; cara grave, como el que tiene que comunicar una noticia trágica; cara de ausencia, de alguien que emocionalmente está lejos de allí en ese momento. Intenté fingir la sonrisa que esbozaría un individuo que se cree superior al que tiene enfrente, pero pretende no ofender a su interlocutor de forma manifiesta. Por último, intenté poner la cara de alguien que vive un gran momento de felicidad.
Sin embargo, en casi ninguna de esas caras me vi creíble. O soy muy mal actor o demasiado exigente. Al final me incliné por una tercera opción más plausible y sencilla: no era el momento adecuado. Estaba cansado de una jornada de trabajo larga y calurosa y tenía sueño. No estaba alerta, como suelo estar durante el día.
¡Ay, cuando estoy en guardia! En una mañana en el instituto, puedo pasar de fingir que soy el monstruo que se zampa niños durante el desayuno, al compañero al que cierta incapacidad intelectual le impide distinguir un halago bienintencionado de un hiriente sarcasmo; me muevo entre la cara de póker ante unos padres que me quieren hacer ver las horas de esfuerzo que su hijo dedica al estudio a pesar de tener siete suspensos y la del burócrata aburrido que da instrucciones, siempre con corrección, a los administrativos o los conserjes. De mostrar un rostro algo desencajado cuando aprecio verdadero dolor en alguna madre que no sabe de qué recursos valerse para detener el rumbo que su hijo ha iniciado en un viaje “a ninguna parte”, a la sonrisa franca que te provoca el que un mico que no mide más de un metro cincuenta te llame señor director, aunque sepas que es para evitar una sanción.
¿Cuántas de esas expresiones reflejan un sentimiento no fingido? ¿Cuántas de ellas son herramientas de trabajo, máscaras gastadas de un actor de función diaria?
Hoy, al llegar a casa a las tres y media, mientras me lavaba las manos antes de almorzar, me he mirado al espejo de forma instintiva, tal vez recordando lo que había hecho la noche anterior. Entonces, he visto a alguien que pronto dejará de utilizar la cuarta decena para decir su edad, que lleva enseñando lo suficiente como para que sean los hijos de sus antiguos alumnos los que ahora ocupen el lugar que ellos dejaron. He visto los restos de mil caretas impregnados en cada surco de cada arruga. Pero son restos tan pequeños que apenas se aprecian. El grueso de esas máscaras se ha ido desmoronando, liberando unas facciones desgastadas pero cada vez más limpias. Y es que cada día necesito menos estar en guardia. Cada día me permito un poco más ser lo que pienso que soy.
Por eso, he cambiado el perfil de este blog. Mi nombre es Manuel y mi apellido, la combinación de los que me dieron mis padres. Así es como quiero que me conozcan. Por mi nombre y por las historias que les cuento. Ah, y si creen que alguien más podría querer conocer esas historias, no duden en presentarme. Para mí será un placer.

viernes, 4 de mayo de 2012

Una noche sin pijama


Justo unos días después de cumplir trece años, mi amigo Paco y yo decidimos que una noche nos escaparíamos de casa de madrugada e iríamos a robarle las cerezas a Don Antonio, uno de los maestros del pueblo. Don Antonio era entonces un hombre mayor al que los niños del colegio le teníamos bastante respeto, pues no se andaba con rodeos a la hora de castigar cualquier falta de respeto o de atención en sus clases. De hecho, algunos compañeros y yo tuvimos un primer aviso de lo que nos esperaba cuando, tres años antes, estando en quinto curso de EGB, nos lanzó a la cabeza, desde la pizarra, la palmeta de madera que solía llevar al aula. Ya fuera por su falta de puntería o por la rapidez de reflejos que mostró mi compañero, el caso es que aquel incidente terminó con el cristal de la ventana hecho añicos y el calzoncillo de alguno de nosotros tan húmedo como la camiseta de un ciclista tras subir un puerto de montaña.
No siempre tenía Don Antonio ese mal temperamento. En mis recuerdos, siempre selectivos y a veces imprecisos, lo veo como un hombre bonachón, alto y fuerte, un buen maestro que repetía y repetía una explicación hasta que se aseguraba de que la habíamos comprendido. En el último curso, le tocó enseñarnos lo que ahora se llama Conocimiento del Medio. En realidad, eran conceptos de Biología, Física y Química. Estábamos en aquellos días estudiando la tabla de los elementos químicos, cuando a alguien de la clase (juro que no recuerdo si fui yo) se le ocurrió traer unas bombas de peste y hacerlas estallar en el suelo del aula justo unos segundos antes de que él entrara. Menudo cabreo se cogió aquel hombre. Su rostro desprendía tanto calor como las ascuas de unos troncos de olivo que terminasen de arder y su frente, amplia debido al poco cabello que le quedaba, se tornó más roja que el carmín de los labios que exhibía doña Purita. Entonces cogió al alumno que él creyó responsable de aquella trastada y lo levantó del suelo más de un palmo. Mientras lo sujetaba con un solo brazo, con la mano izquierda le dio dos guantazos que dejaron al pobre chaval sumido en un mar de lágrimas y desconsuelo. Por eso, había que humillar a aquel gigante y dejarle el guindo más pelado que su cráneo.
Llegó la noche en la que debíamos llevar a cabo nuestra venganza. No acompaño dicho vocablo del consabido “dulce”, pues quedaría bastante obvio si les digo que no pensábamos deshacernos de las cerezas y arrojarlas en cualquier sitio. Todo lo contrario. Más bien, pensábamos darnos un atracón de esos deliciosos frutos rojos, pues no en vano, en aquella época, una de las aficiones favoritas de los chiquillos de nuestra edad era robar fruta cuando llegaba el verano. Incluso en una ocasión, pasamos una tarde en el cuartel de la Guardia Civil tras pillarnos mi vecino Lucas con varios de sus melones y sandías recién arrancados de las matas flotando en su alberca para que estuviesen fresquitos a la hora de hincarles el diente. También recuerdo a nuestros padres llegando al cuartel uno tras otro, y después de saludar como era debido en aquel lugar, sin mediar palabra alguna, darnos el correspondiente bofetón antes de preguntar lo que había ocurrido. Debo añadir que esa no fue la última vez que nos zampamos un melón de la vega de Lucas, ni la última sandía.
Pues bien, al dar las dos en el reloj del ayuntamiento, me levanté sin hacer ruido y, como me había acostado vestido, al momento estaba abriendo la puerta del balcón del dormitorio. Comprobé que no había nadie en la calle en ese instante y me deslicé con sigilo hasta la ventana exterior del cuarto de estar. De ahí, salté a la acera. Me resultó extraño no encontrarme con algún alguacil durante mi camino a la casa de Paquito, que era como todos lo llamábamos. Fue al llegar a su calle, cuando me topé con la primera dificultad. Los vecinos que vivían enfrente solían echar unos colchones en la calle cuando el calor apretaba en verano. Y allí estaba toda la familia, en aquella pequeña y empinada calle de la parte alta del pueblo, durmiendo literalmente bajo las estrellas, acompañados por los ronquidos que el matrimonio emitía de manera nada acompasada sin que ello supusiera un inconveniente para el profundo sueño del resto del grupo. Sorteé como pude ese puzle de colchones y llegué hasta la casa de mi amigo. Su dormitorio tenía una ventana a la altura de la puerta principal, por lo que no me costó trabajo llegar con mi mano hasta la misma. De acuerdo a la contraseña que habíamos planeado, di tres golpes en el marco para llamar su atención. Esperé su respuesta durante algunos segundosy, ante la ausencia de la misma, volví a golpear otras tres veces con un poco más de contundencia. Quien respondió fue su abuela, con la que Paquito compartía alcoba para que la anciana se sintiera acompañada y segura durante la noche. Cuando le dije que era yo, tardó unos segundos no sólo en recriminar mi conducta, sino que me envió a casa de nuevo bajo amenaza de darme un buen bastonazo y poner en conocimiento de mis padres aquella travesura. Cuando me batía en retirada, alcancé a oír la voz de Paquito emitiendo algo parecido a una disculpa mientrassu abuela le advertía que el bastón podía ir antes a su cabeza que a la mía. Aun así, mi experiencia nocturna pudo acabar peor cuando, al pasar junto al jergón del matrimonio roncador, tropecé y casi me caigo encima de la mujer. Menos mal que apenas llegué a rozarla. No quiero ni imaginar lo que habría ocurrido de haberse despertado el marido en aquel instante.
Llegué a mi casa, escalé de nuevo hasta el balcón de mi dormitorio y me acosté sin desvestirme. Antes de que me venciera el sueño, pensé en la inutilidad de aquel esfuerzo, en lo ridículo de mi escapada, en el triste final de lo que había imaginado como una gran aventura. Sin embargo, cuando hoy escucho hablar a mis alumnos sobre cómo pasan su tiempo, a esos que tienen ahora la edad que yo tenía cuando esto ocurrió, no puedo evitar añorar aquellas andanzas, aquellos pequeños episodios que llenaron mi infancia y parte de mi pubertad.
Esa aventura no transcurrió como Paco y yo imaginamos, pero fue nuestra imaginación la que la hizo posible…aunque nunca tuviese un final tan dulce como el gusto que deja una cereza roja que se deshace en la boca de un adolescente.

jueves, 26 de abril de 2012

Wert, Montoro y asociados


A Angélica le dije que no había perdido su tiempo en absoluto. ¿Qué le iba a decir? Pues que las horas que ha pasado estudiando temas (que fueron unos cuando comenzó su preparación y, luego, otros cuando el señor Wert no los consideró adecuados), machacando cuestiones de carácter práctico, perfeccionando su programación de aula y mejorando las unidades didácticas de dicha programación, no han sido en vano. Que esta segunda vez, que no ha sido en realidad más que una farsa, es sólo eso, y que a la tercera va la vencida. Que la ilusión y el esfuerzo tienen al final su recompensa. ¿Qué le iba a decir?
Y lo mismo le repetí a Mª Ángeles, que con angustia me expresaba su miedo e incertidumbre ante ese negro futuro que se le avecina. Y después, me empleé en animar el alicaído estado de ánimo de mi amiga Carmen, interina por méritos propios (y magnífica profesora), repitiendo la misma cantinela y tratando de encontrar alguna expresión afortunada que le diese un poco de esperanza.
Pero esa jornada particular continuó. ¿Qué decirle a tu hermana cuando se entera de sopetón de que su hija mayor se queda sin oposiciones y a la pequeña le suben las tasas de matriculación 500 euros? ¿Cómo confortarla si sabes de sus horas de sacrificio y las de su marido para darle a su hijas la oportunidad que ellos no tuvieron? ¿De qué más se tendrán que privar para que llegue el momento en que las vean valerse por sí mismas? ¿Cuándo llegará ese momento?
Al final del día hablé con mi madre, como hago a diario. La pobre mujer, con su demencia senil, confunde a Pedro Piqueras con Rajoy, de tal forma que piensa que algunas de las medidas que el nuevo gobierno está tomando son decisión del primero, pues, en su lógica, es él quien las decide pues es él quien las anuncia. Y aunque me afano noche tras noche en aclararle la diferencia entre ambos, la mujer le ha tomado tanta tirria al pobre Piqueras que no sé cómo no se pasa el noticiario rascándose la oreja.
Cuando me fui a la cama, me dolía la cabeza. Antes de dormir, lo cual me costó bastante, pensé que de alguna manera todos estos ataques a jóvenes y mayores (no olvido al resto) deberían tener una clara respuesta, y ya me estaba regodeando en alguna cuando me acordé del ministro de Interior y me dije: Cuidado. Cuidado con lo que dices o escribes, que a lo mejor con la nueva ley que este señor planea, te pasas dos años en la cárcel por incitación a la violencia.
Por eso, si alguno de ustedes está muy indignado, pero que muy indignado, no piense en echarse a la calle a gritar como un poseso o algo peor. Vaya y contrate un bufete de abogados del estilo del que nombro en el título de esta entrada. Lo mismo hasta consigue un puesto de trabajo en algún despacho… en la sección de “embargos y desahucios”, por ejemplo.

martes, 17 de abril de 2012

El amor está en las aulas


Mi estado de ánimo me impulsa a escribir sobre algunas de las experiencias un tanto dolorosas y frustrantes que he vivido en las últimas semanas. Quisiera contar con su complicidad para poder lamentarme, para que entendieran por qué en estos días vuelvo una y otra vez sobre mis últimos veinte años y me veo como el autor de una novela que, una vez en las librerías, intentara hacer desaparecer todos los ejemplares a la venta para reescribir aquellas páginas que podrían ser manifiestamente mejorables, o como el director de cine que no supo o no pudo decidir sobre el montaje final de su película.
Sin embargo, el enorme cartel que cuelga de la fachada del hipermercado que hay frente a mi casa me indica que ya es primavera en el Corte Inglés. Y me siento ante el ordenador pensando que ustedes, en estos convulsos y oscuros tiempos en que vivimos, no merecen más dosis de angustia y pesimismo. Así que echo mano de aquella canción de Nat King Cole titulada L.O.V.E. y me pongo algo tierno, y es entonces cuando viene a mi memoria una breve pero intensa relación amorosa que dos compañeros de trabajo mantuvieron hace unos años en mi centro sin que prácticamente nadie se percatara de la misma. Porque el amor, especialmente en esta estación del año, está en todas partes, incluso en las aburridas salas de profesores que hay en cada escuela o instituto.
Fue una historia que los protagonistas llevaron con absoluta discreción, entre otras cosas porque él estaba casado y ella acababa de comenzar una relación con alguien al que había conocido poco tiempo atrás. ¿Cómo supe yo de este enamoramiento, si muchos días no puedo ni tomarme una manzanilla en la cafetería? Es sencillo. En todas las empresas, públicas o privadas, hay un Sauron, un ojo que todo lo ve. Y ese ojo, en mi centro, tiene una lengua que, imitando la hiperactividad del globo ocular, todo lo casca. Una vez que supe, a través de Sauron, lo que acontecía entre mis compañeros, le advertí de forma tajante que esa lengua tan vivaracha y locuaz debía permanecer muda, so pena de que se la cortase de un tajo con la navaja barbera que heredé de mi padre.
Pero, en el fondo, debo confesarlo, también a mí me daban ganas de coger al primero que se me cruzaba en el pasillo y ponerlo al corriente de lo que estaba pasando. Me moría de las ganas de contarlo. Somos puro morbo, qué le vamos a hacer.
Ella era una profesora cumplidora que, durante los dos o tres cursos que estuvo en el centro, mantuvo una relación afable con todo el mundo. Él faltaba al trabajo alguna vez que otra, justificando dichas ausencias por enfermedad, bien de algún miembro de su familia, bien de él mismo. Sauron, siempre atento, empezó a notar que dichas ausencias coincidían a menudo con la finalización de la jornada escolar de ella. Incluso comprobó cómo ambos salieron del centro, por separado claro está, una mañana de miércoles en la que ella tenía dos huecos en su horario. Ese día, él dijo encontrarse mal, con ganas de vomitar. Será un virus, comentó, antes de comunicar al jefe de Estudios que se marchaba a casa. A Sauron le faltó tiempo para ir a buscarme y, esbozando la sonrisa que pondría un niño pequeño que ha pillado a su hermana adolescente besando a su noviete y que cree desde ese momento que en adelante será ella quien realice sus tareas de casa, suspirar levemente y decir: Qué rico pegarse un camazo a estas horas, en mitad de la semana. Qué suerte tiene este tío.
Luego salieron a relucir los diferentes puntos de vista desde los que ambos veíamos la situación. A mí me parecía que no estaban haciendo lo correcto. Los dos tenían un compromiso con otras personas. En el caso de él, su compromiso era aún más firme. ¿Qué ocurriría si de repente todo se supiese y llegara a oídos de su mujer? A mi compañera la disculpaba más porque, al fin y al cabo, estaba soltera. ¿Que estaba saliendo con otro? Bueno, de eso sabíamos poco y, por lo que ella había comentado a algún compañero, el cual tampoco tardó mucho tiempo en repetirlo a otros colegas más, lo suyo no era sino un tonteo (ya saben, en este aspecto, muchos adultos no hemos superado la tierna adolescencia, de modo que si en una reunión nos tomamos alguna que otra copa, acabamos jugando a eso de “verdad o atrevimiento”, con tal de que el cotilleo que se produce a continuación no le parezca a nadie un acto de mal gusto). Sin embargo, Sauron celebraba la osadía de los amantes y mostraba sin pudor su envidia por no tener la oportunidad de hacer lo mismo. ¿Tú crees que la mujer de éste es tonta?, me preguntaba de forma retórica. Ojos que no ven…ya sabes. De todas formas, ¿qué más da? Si los vieras por la calle, joder, si parecen el matrimonio de Cuéntame. A estos les tendría que caer un rayo en medio para que se separaran, o terminar de pagar la hipoteca, que es lo que de verdad desata ataduras en esta vida que nos ha tocado vivir. Lo cierto es que si alguien nos hubiese visto discutir sobre el tema en cuestión, hubiese pensado que también nosotros formábamos parte del elenco de la serie antes mencionada, en calidad de vecinos metijones al calor de un carajillo en la barra de un bar.
Después de aquel día, decidí que no volvería a mencionar el asunto con el “Señor Oscuro”, ni con nadie, por supuesto. Me sentía mal cada vez que lo hacíamos. ¿Y si no era verdad?, me preguntaba. Y aunque lo fuese, ¿qué me importaba a mí lo que dos personas, de forma libre, hiciesen con sus vidas? Tengo que admitir que al prestarles más atención de la debida, especialmente cuando ambos se hallaban en el mismo espacio, me parecía observar alguna mirada furtiva entre ellos, o el esbozo de una leve sonrisa que no iba dirigida precisamente hacia el que les estaba dando conversación en ese momento. Y entonces yo pensaba que probablemente alguno de los dos estaba recordando algún hermoso detalle de sus momentos juntos. Miraba a mí alrededor y tenía la impresión de que, con la pasión de su aventura furtiva, contagiaban el ambiente, y la gente parecía más feliz. Por los pasillos no veía otra cosa que alumnos y alumnas cogidos de la mano mostrándose ternura a través de gestos y palabras (y a algún alumno/alumno, alumna/alumna también, porque en este centro, en el que agradezco poder trabajar, eso ocurre de vez en cuando). Incluso la manzanilla que tan amablemente me sirve muchos días esa estupenda mujer que hay tras la barra de la cafetería del bar sabía a canela fresca.
Cuando a las tres salía del instituto y cogía el coche para ir a casa, en el momento de pasar por esos grandes almacenes con su enorme letrero, no podía evitar pensar que ya no sólo nos vendían ropa o alimentos, a la vez que un sin fin de abalorios inútiles, sino que dirigían nuestras emociones de una forma cada vez menos subliminal y más agresiva. Como me volvían a entrar remordimientos, aunque esa vez fuese por una causa diferente, le daba al play y escuchaba a Nat, lo cual siempre es emoción con denominación de origen y calidad superior.   

lunes, 26 de marzo de 2012

La Pava-Express


Cuando era pequeño, mi abuela Francisca (sí, esa de la que ya les he hablado en otras ocasiones) me llevaba los veranos a Madrid. Allí vivía su hermana pequeña, mi tía Lola. Como muchas otras familias andaluzas, mi tía y su familia emigraron a la capital de España en busca de una vida mejor, en realidad, en busca de una vida. Para mi abuela, su hermana era como una hija. Mi bisabuela había parido diez veces. Cuando Francisca, la mayor, era una joven de apenas veinte años, su madre enfermó y se pasó casi todo el tiempo en la cama hasta que murió. Mi abuela, con la ayuda de su padre, sacó la familia adelante con esfuerzo, ternura y sacrificio. Adoraba a sus hermanos, pero no podía evitar sentir debilidad por su hermana Lola y, aún más, por la hija de ésta, a la que también había ayudado a criar, junto a mi hermana y a mí, antes de que abandonasen el pueblo definitivamente. Pues bien, durante algunos años, al llegar agosto, mi abuela y yo nos montábamos en un autobús que nos llevaba a Jaén y allí cogíamos “la Pava”, la línea regular que unía esa ciudad con Madrid. El viaje se hacía sofocante y agotador, como pueden imaginar. A mediados de los años setenta, atravesar Despeñaperros por aquellas carreteras atestadas de camiones y seiscientos era algo interminable. Pero, cuando llegábamos a Villaverde Bajo y mi tía y mi abuela se fundían en un largo abrazo jalonado de besos y veía a mi prima y ante mí se abrían tantas perspectivas, tantas cosas por hacer (ver cine en la Gran Vía, merendar en el Cerro de los Ángeles, ir al Prado…), los vómitos y el sudor del camino se quedaban en la pañoleta que, tímidamente, escondía ante los demás, como una mera anécdota que recordar el verano siguiente, justo antes de subir a “la Pava” de nuevo.
Una tarde nos encontrábamos mi prima y yo paseando por Sol al anochecer. Cómo habíamos almorzado temprano, me preguntó si tenía hambre, a lo cual contesté afirmativamente. Entonces, me propuso entrar en un sitio que habían abierto recientemente para comernos un perrito caliente. Percibí tanta ilusión en su propuesta (ya verás, te va a encantar,ahí los ponen buenísimos) que me dejé llevar hasta aquel lugar “tan moderno”. Lo cierto es que iba angustiado. Pero, ¿qué íbamos a hacer? ¿De verdad nos íbamos a comer a un pobre perro? Había poca distancia desde donde nos encontrábamos hasta el bar o lo que fuera aquello, pero esas decenas de metros se me hicieron eternas. Dios mío, pensé, que no me toque la parte del rabo (tanto en el sentido literal como en el figurado). Un sudor frío comenzó a recorrerme el cuerpo y mi rostro tuvo que cambiar de color hasta quedarse más blanco que el algodón, pues mi prima me preguntó si me sentía bien. Sí, sí, acerté a contestar, con un hilillo de voz que apenas me salía del cuerpo. ¿Seguro?, apostilló. Que sí, prima, le dije zanjando la cuestión. Pero yo por dentro me quería morir. Cuando llegamos a la barra y pidió dos perritos y dos refrescos, la angustia y el asco empezaban a producirme amagos de arcadas. Yo me preguntaba a qué grado de salvajismo se había llegado en aquella ciudad que se comían a los perros como si fueran conejos o pollos. Debe de ser una moda, me decía. Pero por muy modernos que quisieran ser, comerse una parte de un perro me parecía un hecho atroz. ¿Y si le decía que tenía ardor de estómago o que me había empezado a doler la tripa? La excusa era del todo creíble, pues no había más que echar un vistazo a mi cara que, bajo el neón, lucía mortecina en aquellos espejos que decoraban el interior. También pensé sugerirle que solicitara alguna parte del perro que fuese lo menos desagradable y, a ser posible, lo más pequeña posible. Llegué a pensar en una costillita, como las de choto que comíamos en el pueblo, pero como no estaba seguro de que se pudiera elegir, ya que ella no lo había mencionado al dirigirse al camarero, me pareció que sería muy poco cortés, además de desagradecido por mi parte. Así nos había educado la abuela. Había que celebrar lo que se nos ofreciera. De repente, allí estaban los perritos. Dos salchichas embutidas en dos trozos de pan. Me acercó uno y me aconsejó que le echase un poco de tomate frito y mostaza. Te va a saber más rico, sugirió mi prima. ¿Este es el perrito?, inquirí, no fiándome del todo de que aquello no fuera más que un aperitivo antes de que viniera el canino. Pues claro, hombre, ¿qué va a ser si no? Y entonces observó la expresión de alivio que se adueñaba de todo mi cuerpo. Vamos, que volví a ser persona. Ella se echó a reír, intentando adivinar lo que se me podía haber pasado por la mente mientras llegaban los dichosos perritos. Ay, pobrecito mío. Qué mal rato has debido de pasar. Pero ¿por qué no has preguntado lo que íbamos a tomar si no sabías lo que era? No sé, prima. Es que aquí es todo tan diferente al pueblo que no quería parecer un cateto provinciano, acerté a decir, más relajado. Qué bobo eres, si en Madrid hay de todo menos madrileños. Y te aseguro que muchos de ellos aún no saben lo que es un perrito caliente. Anda, come, que no te va a morder. Y siguió riendo un buen rato.
Esta pequeña historia, completamente cierta, se la conté a un alumno mío durante uno de los recreos que pasó sancionado en mi despacho el curso pasado. Había insultado a otro compañero de forma grave. Podía haber optado por otro tipo de sanción, pero el tiempo me ha demostrado que, a veces, hay alumnos que responden bien a este tipo de sanciones, en las que hablamos e intentamos analizar las razones por las que se producen comportamientos indebidos que causan malestar y, en alguna ocasión, sufrimiento a otras personas. Aquel chico era un buen chaval que no calculó bien el alcance de lo que él había creído que era una simple broma.
Recuerdo que, sin pretenderlo yo deliberadamente, me habló de una cruzada que estaba llevando a cabo. Estaba intentado reconciliar a sus padres, los cuales se habían separado hacía un par de años. Él creía saber las causas de dicha separación y, al parecerle dichas causas ajenas a la convivencia familiar, incluso a la relación de ambos cónyuges, había urdido un plan que con el tiempo debía dar resultado. Entre las estrategias que había puesto en marcha estaba la de pasar más tiempo con su padre, que en aquel momento vivía fuera del domicilio familiar. El hombre poseía un pequeño restaurante y mi alumno se iba allí los fines de semana a echar una mano. Se notaba que adoraba a su padre. También le gustaba lo que hacía con él en ese pequeño negocio. ¿Y tu madre no se molesta porque no pases con ella algo más de tu tiempo libre?, quise saber. Bueno, estoy con ella a diario. Además, lo que ella desea es verme feliz. Cuanto más feliz me vea con mi padre, más probable es que ella también quiera compartir esa felicidad, ¿no crees?, me preguntó con ansiedad. Como no sabía muy bien qué contestar y en la conversación habían salido a relucir ciertos alimentos que se servían en el restaurante del padre, no se me ocurrió otra cosa que echar mano de ese breve periplo con los perritos calientes. Ya ven lo que uno termina haciendo al cabo del día para intentar borrar la tristeza de los ojos de un chiquillo y hacerle esbozar una sonrisa. A lo mejor, algún talibán de la enseñanza piensa que aquellos recreos tenían bien poco de sanción y mucho de paternalismo. Bueno, quizás los nuevos aires que soplan desde ese Madrid al que sigo añorando nos traigan a los profesores y a los responsables de los centros escolares una nueva forma de abordar la disciplina en las aulas. A lo mejor, el nuevo ministro tiene a bien promover más formación/instrucción  para mejorar la labor de los directores e incluye en la misma algún curso del tipo “las mil y una formas de castigar a un alumno, disfrutando en cada intento”.  
Yo, al sado, por ahora no me apunto.
Esta es mi entrada número cincuenta. Nunca pensé que llegaría a escribir tantos pequeños relatos. Ojalá los hayan disfrutado de algún modo. Esa ha sido siempre mi intención. Como cantaba aquella vedette:
Agradecido
Y emocionado
Gracias por ….
A mi marido

viernes, 16 de marzo de 2012

...y el triste arbolillo, sin hojas quedó


Enseñar no es un acto exclusivo de los profesores. Se enseña a un amigo a ser leal, a un amante a querer, a un hijo a obedecer, a un padre a confiar. Sin embargo, ¿quién no se ha sentido alguna vez como ese viejo maestro de La lengua de las Mariposas cuando es apedreado por su discípulo más querido?
¿Quién no ha experimentado la decepción que se produce al no lograr inculcar en los seres que nos rodean aquello que consideramos importante para su bienestar y seguridad?
¿Qué abuelos al desear para sus nietos un futuro sin los sobresaltos que ellos vivieron no pueden evitar albergar oscuras premoniciones que sacuden sus cansados cuerpos?
¿Cuántos docentes no se ven frustrados al despedir a demasiados alumnos que abandonan sus centros sin una formación que les haría valorar y apreciar todo el legado que nos dejaron tantos seres increíbles que habitaron este mundo y los que hoy continúan su labor? Aún peor, sin una formación básica para sobrevivir en una jungla cada vez más despiadada y feroz.
¿Qué hacer cuando la energía empleada en la transmisión de valores se estrella contra el timbre de las tres de la tarde y se diluye entre el agolpamiento del alumnado en la puerta de salida?
¿Qué queda de esa cándida batalla que inicia el joven profesor contra la basura que contamina una adolescencia que muchas veces no habla sino a través de un lenguaje hecho jirones?
¿Por qué un maduro profesor se empeña con obcecación en llegar a algunas mentes llenas de trivialidades y prejuicios, y trata de escarbar buscando luz en pozos cada vez más oscuros?
¿Por qué ese profesor no ceja en tan obstinado empeño y, de una forma razonada, no es capaz de ver que son enormes molinos de viento los que están detrás de esa creciente oscuridad?
¿Por qué no es capaz de entrever que nunca sus palabras cruzarán puertas blindadas por adultos que alimentan a sus cachorros con sus propios miedos y algún que otro aparato electrónico que los aísla aún más de lo que les puede salvar?
¿Qué siente ese profesor cuando quien tira la primera piedra a su cabeza no es un alumno al que aprecia sino su padre?
¿Arrojará el alumno la segunda?

Lo siento. Hoy no ha sido un buen día.

lunes, 12 de marzo de 2012

Rojo


Conocí a Segis (Segismundo) en unas jornadas sobre normativa curricular hace unos años. Mi primera conversación con él tuvo lugar en uno de esos agradecidos descansos que los organizadores tienen a bien programar para que los asistentes tomen un café o simplemente caminen durante un rato y estiren las piernas que están tanto o más agarrotadas que sus neuronas cerebrales cuando llevan escuchando a una persona más de dos horas; ponentes que, a veces, están tan encantados de escucharse a sí mismos que no son capaces de observar el hastío que producen sus palabras cuando la idea principal la han exprimido hasta dejarla más seca que una uva pasa.
Pues bien, ya fuera por una imperiosa necesidad de tomar cafeína para no quedarse dormidos en el aula o por ausencia de civismo, la actitud beligerante de toda aquella gente en la cafetería esa mañana hacía que Segis y yo fuésemos incapaces de encontrar un hueco en la barra, y en uno de los intentos desesperados por hacernos oír ante un camarero desbordado, su voz y la mía sonaron al unísono pareciendo más dos niños de San Ildefonso el día 22 de diciembre que dos directores de instituto. Este hecho nos produjo un ataque de risa incesante y escandalosa que nos obligó a irnos de aquel lugar ante la mirada despectiva de los compañeros de dichas jornadas que, desde aquel momento, comenzaron a mirarnos como a frikis que usurpaban dos puestos que podían haber ocupado otros directores que habrían tenido, con seguridad, un comportamiento más acorde con las circunstancias.
Después de un par de descansos más y alguna pella, ya habíamos hablado de cine, cocina, música y literatura, y estábamos entrando en terrenos personales que propiciaban otro nivel de conocimiento y el principio de una relación más allá del colegueo profesional. Precisamente comentando algunas obras de cine en cuya apreciación coincidíamos, recalé en su preferencia por películas que contenían el tema de la venganza como eje fundamental de sus argumentos. Iba a preguntarle el porqué de esa inclinación cuando llegó la hora de acudir a la última sesión del curso. Nos sentamos y le susurré al oído que ya se terminaba aquel suplicio. Sin embargo, pareció ignorar mis palabras y concentró su mirada en el ponente que estaba a punto de iniciar su disertación. Lo miraba con tanta intensidad que diría que en aquel momento sólo había dos personas en el aula. Por otro lado, su mirada, a ratos dolorosa y a otros raramente complaciente, era la de alguien que acaba de ver a quien se lleva buscando toda una vida. Así se pasó la hora y media que aquel hombre estuvo hablando. Al finalizar, y apartándome casi de un codazo, se colocó en medio del pasillo de pupitres de tal manera que el ponente no pudiera evitar toparse con él. Cuando justo lo tenía delante de él, una compañera se interpuso entre los dos y dirigiéndose a Segis le dijo: No sabes las veces que me ha preguntado Leo por ti este mes. Leo era ese hombre del que Segis no apartaba su vista. Entonces, antes de que éste pudiese reaccionar, Leo le cogió la mano efusivamente y se la estrechó con fuerza. Después le echó el brazo por el hombro y lo sacó del aula mientras no dejaba de hablarle, casi susurrarle al oído, como podría hacerlo un amigo que se reencuentra con otro tras un largo período de tiempo. Por mi parte, sólo alcancé a observar el desconcierto y la impotencia que reflejaban el rostro de Segis mientras era arrastrado hacia la puerta.
Como era el final de la última jornada, pensé que no tendría tiempo de despedirme de él antes de marcharme y sentí algo de tristeza, pues lo cierto es que me parecía alguien interesante y, en cierto modo, había hecho de esos tediosos días algo agradable.
Me puse a recoger mi material mientras la compañera de antes, muy locuaz ella, intentaba saber mi opinión sobre la formación recibida. Contestar con evasivas no hizo sino aumentar su curiosidad, visto lo cual, le dije que todo había estado perfecto, repitiéndolo una vez más de manera contundente para que no albergara dudas y me dejara en paz. Ya estaba saliendo cuando de repente me di cuenta de que Segis había olvidado la funda de sus gafas sobre el pupitre. La cogí y fui a buscarlo para devolvérselas. Miré en la entrada, pregunté al conserje, que ya estaba apagando luces del edificio; le rogué que me permitiera mirar en las clases contiguas, lo cual hizo a regañadientes, pero no lo encontré. Debía haberse ido ya. Salí al patio donde tenía aparcado mi coche y cuando iba a abrir la puerta, sentí como si un perro me agarrara el tobillo por detrás mientras ladraba. Era Segis. Joder, tío, con la bromita. ¿Quieres que me un infarto?, le espeté. A ti no, pero no me importaría que le ocurriese al cabrón con el que me has visto hablar, contestó de manera enigmática. Pues sí que le tienes aprecio, añadí yo. Luego, como quien cuenta a otro la trama resumida de una película, Segis me narró una pequeña historia y comprendí, justo al final de la misma, su afición por los thrillers de venganza.
Leo era unos años más joven que Segis. Se habían criado en el mismo pueblo. Aunque no había mucha diferencia de edad entre ambos, apenas se habían tratado de niños. Sabía de él porque era compañero de su hermano pequeño en el colegio. El hermano de Segis era un chico algo especial. De carácter algo indolente y susceptible y maneras bastante femeninas, los demás niños del colegio solían hacerle el vacío. Nunca se molestaron en conocerlo bien. Nunca supieron de la bondad de su corazón, de cómo se volcaba con alguien cuando se le hacía un poco de caso, de su soledad extrema. La familia de Segis sufría todo esto en silencio. No se hablaba de ello en casa. Pero llegó la excursión de fin de estudios, cuando los alumnos terminaban octavo de EGB, y el hermano de Segis decidió que él, a pesar de su forzada exclusión, quería ir. Su madre intentó convencerlo para que no fuera, intuyendo la serie de despropósitos que vendrían más adelante, pero su padre vio la excursión como una oportunidad para que el chico se creciera ante las adversidades, se hiciese más fuerte y no dependiera afectivamente tanto de su mujer. Le dio el importe que costaba el viaje al maestro encargado del mismo y pensó que era el dinero mejor gastado en los últimos años.
Cuando quedaba una semana para que tuviese lugar la excursión, a los padres de Segis los llamaron al colegio. La directora les explicó que le habían pegado a su hijo en el patio durante el recreo. Les explicó que sabían quiénes habían sido y también las razones de la agresión. Era sencillo, dijo la directora. Ningún chico quería compartir habitación con su hijo, y, claro está, aunque un par de chicas se habían ofrecido a hacerlo, ni el colegio ni los padres de éstas, añadió, permitirían jamás que eso ocurriese. Su hijo, entonces, había insultado a los compañeros por negarse a acogerlo y unos cuantos, dirigidos por Leo, le habían zurrado. Aunque la agresión no tenía justificación alguna y los responsables iban a ser sancionados, todo esto se podría haber evitado, continuó la directora, si los padres de Segis hubiesen calculado los riesgos de alentar a su hijo a realizar una actividad de ese tipo conociendo sus circunstancias. Cuando los padres salieron del despacho de la directora, se miraron y no pronunciaron palabra alguna. Sin embargo, la madre se preguntaba una y otra vez por qué la directora había calificado aquello de sencillo. ¿Sencillo?, Dios mío, si tan sólo fuese un poco sencillo. El hermano de Segis siguió sufriendo el acoso, la incomprensión y el aislamiento por parte de casi todos los chicos del pueblo hasta que acabó por marcharse de aquel lugar.
Ahora Segis se acababa de encontrar con Leo muchos años después en una ciudad lejos de aquel pueblo. Y Leo le había pedido que le echase una mano con su hijo mayor, un chaval con problemas de disciplina y de aprendizaje. Era el mes de las preinscripciones. Al hijo de Leo no le correspondía el instituto de Segis, ni por zona, ni por colegio de referencia, pero había oído hablar tanto de la buena labor que Segis y su equipo hacían con chavales como su hijo que por fuerza tenía que admitirlo. Eres mi salvación, le había dicho, y somos del mismo pueblo. Si los paisanos no se ayudan…
Ahí cortó Segis la historia. Yo alcancé a comentarle que ese tal Leo podría haber encontrado un argumento menos cazurro y lamenté lo que había tenido que pasar su hermano. Él siguió sin decir palabra. De forma un tanto autómata cogió la funda de sus gafas y esbozó una sonrisa amarga. Luego le pregunté si había aprovechado la ocasión para ponerlo en su sitio. Su expresión se hizo más amarga aún. Hizo un leve, pero costoso intento por responderme y, sin embargo, se dio media vuelta y desapareció.
Lo volví a ver en otro encuentro de directores al comienzo del curso siguiente. Dicho encuentro, auspiciado por los servicios de Inspección, tuvo lugar en su centro. Cuando lo estaba saludando en el recibidor, un chaval al que uno no le quitaría la vista de encima si se lo encontrase en una calle de noche, se le acercó para decirle que lo llamaba la profesora de Educación Especial. Ya voy, Leo, le dijo, ya voy.